5 jul. 2016

Rouge, una novela anónima del siglo XX




"Cuando Marie Legrand se acostaba cada noche todo parecía indicar que era una novicia entregada a una devoción apasionada. Devota era, apasionada también. Pero sus plegarias no iban dirigidas al cielo". Desde el comienzo de la novela Rouge, una obra anónima, rara, del siglo XX, el lector percibe que no va a estar ante un argumento anodino. Marie, la protagonista, es una mujer que tras la habitual e intensa jornada de actividad necesita dedicar un tiempo para la lectura. Pero no lee diferentes libros, sino uno solo donde ella cree encontrar muchas historias. "Mary Legrand se transfiguraba al abrir cada noche el pequeño libro. Si la noche anterior la historia que había leído le hablaba de un amor inhóspito que la había dejado sobrecogida en la siguiente relectura leía que aquel amor desgraciado no era sino la excusa para que los amantes involucrados se volvieran más exigentes y no tuvieran ocasión de sentir el aburrimiento". 

Cuando el lector sigue con Rouge descubre cómo Marie Legrand va leyendo y escribiendo desde su propia lectura. Escribir es imaginar pero también jugar con las palabras, y en este sentido la protagonista narra en su propia mente, sin necesidad de coger un lápiz, un relato dentro de otro o bien los da la vuelta. Sin que tenga prisa por saber si el libro va a acabar alguna vez. Y leer, ¿qué es? ¿No se trata acaso de un ejercicio que crea un espacio que a su vez crea y recrea otros lugares, otros tiempos, otras situaciones? ¿Qué pretende el anónimo autor con esta obra?¿Acaso propone que los libros interesantes, importantes, deben ser leídos nuevamente a lo largo de la vida? ¿Plantea que la visión de lo que se narra en un libro leído a los quince años no va a ser la misma que si se lee a los treinta o a los cincuenta? ¿Dice de modo subliminal que lo que está escrito, tan aparentemente invariable, cambia al ser interpretado, y que la interpretación depende de la evolución del lector? 

Si la edad trae el recuerdo de lo leído, como parte de lo vivido, también trae nuevas perspectivas. La diferencia con las vivencias del pasado es que aquellas no se pueden revivir y el libro puede releerse. Al fin y al cabo, leer más de una vez una narración es poner a prueba nuestro propio deambular por el mundo. Y con ello el continuo cambio de nuestros pensamientos, nuestras aspiraciones, nuestras dudas. Leer es la conciencia de una evolución paralela.

Rouge, este misterioso libro anónimo aparecerá tras el verano en Ediciones Crípticas, en una traducción de Jean González y Lilian Seberg.



(Cuadro de Mary Jane Ansell)



17 abr. 2016

Lectoras




Pueden o no creérselo.La solitaria mujer de la terraza no se levantó hasta que terminó de leer el libro. Sus páginas debían estar sumamente entretenidas, pues apenas se distrajo. Tres vermús, unas almendras, un leve despeinado. Ninguna mirada a su entorno. Cortés con el camarero, discreta en su entonación de voz, relajada. Intenté vislumbrar el título del libro. A la distancia a la que yo me encontraba me resultó imposible. Tampoco se trataba de hacer ejercicios de funámbulo. Al fin y al cabo la novela que yo había comenzado la víspera también era apasionante. Se titulaba Memorias de un mirón y, aunque resulte sorprendente, de su autor nada se sabe. Si se ocultó tras el anónimo tendría sus razones. Conjeturas al respecto: se trataba de un clérigo, o de un juez, o de un miembro de la nobleza liquidada por Robespierre. Normalmente me apasionan los libros de autor desconocido. Tienen un toque bíblico, en que los autores permanecen en la sombra porque acaso no todos los autores desean imponerse a su creación. Porque una noche de revueltas algún proscrito culto quiso terminar una historia ficticia antes de ser detenido y acabar sus días en una horrenda prisión insular. 

Tal vez se tratara de un pope desgraciado que al escribir el libro vivió la vida que no le fue dada vivir en la realidad, dijo entonces la mujer lectora cerrando su libro, y dándome a entender que lo había concluido. Ah, ¿conoce usted lo que estoy leyendo?, aventuré. En absoluto, pero he adivinado lo que usted pensaba porque, ¿sabe?, yo misma tengo muchas veces los mismos pensamientos. La mujer lectora no varió su postura, simplemente avanzó su torso hacia mi posición y me ofreció el libro que acaba de terminar. Veo que a usted le quedan también pocas páginas por leer, me dijo, y si quiere puedo cederle el mío. Es muy agradable leer al aire libre en una primavera cálida como la que tenemos. ¿Cómo se titula?, le pregunté. La lectora espiada, me respondió. La mano que sostenía el libro era grácil. La muñeca ejecutaba un giro delicado, como si al manejar un objeto dibujara con precisión un paso de danza. Eso sí, no me digan si tailandesa o clásica. Pero la extensión de su brazo no parecía tener fin.



(Ilustración de Milo Manara)




6 mar. 2016

El poeta secreto de Cleopatra




"No se ha hecho justicia en la historia con el joven Nahrib Neatón, poeta preferido de Cleopatra. Componía para ella, no por encargo ni por mandato, a diferencia de otros escribientes de la corte, sino porque profesaba un amor profundo por la reina. Cuando Cleopatra conoció a Marco Antonio, el Triunviro, se apropió de aquellos poemas recibidos y, sometiéndolos a ligeras modificaciones, los utilizó para corresponder al romano. He aquí un ejemplo de aquella utilización maniquea:

'Tú que vienes de Septentrión con tus naves a conquistar mi reino
  bien sabes que el territorio de mi corazón 
es un campo abierto para que lo habites 
y así mi cuerpo conoce la invasión de tu fuerza  no como ofensa 
sino que voluntario se somete a su rendición'

Nahrib supo de ese uso desviado y adúltero de sus palabras. Se sintió más despechado por ello que por el nuevo amor caprichoso de la reina. Pero no por eso pensó en traicionarla ni ponerla en evidencia. ¿Es que acaso podría haberlo hecho sin correr riesgos? Años antes, Cleopatra se había entregado secretamente al poeta. De él recibió no sólo unos sensuales cantos y unas recitaciones melodiosas, acompañadas de los sones pausados del laúd, sino sobre todo un amor pasional, materializado noche tras noche. Cuando Nahrib Neatón vio cómo la reina se alejaba de él, en parte por sus nuevos amoríos, en parte por sus planes intrigantes sobre la gobernación del Estado, su poesía se fue haciendo más y más amarga:

'No me quejo del abandono a que me condenas, mi reina,
 pues ambos nos obsequiamos nuestros mejores años.
 No temas intriga alguna que llegue por mi lado,
 ¿cómo podría yo renunciar a los abundantes frutos
 que hemos compartido?
 Mal pagador de tus entregas exquisitas sería, eterna amada,
 si revelara los secretos de las dulces noches
 que refrescaron nuestros ardores juveniles' 




Hay quien dice que cuando el Triunviro tenía que desplazarse fuera de Alejandría, aún la reina buscaba el acompañamiento del poeta para consolar ausencias con presencias. Pero poco podía esperar Nahrib Neatón de Cleopatra que cada vez se mostraba más proclive y fiel al romano. El poeta, previendo la circunstancia de un futuro donde no había otro lugar para él que el de seguir escribiendo y recitando por orden y no por sentimiento, decidió poner fin a sus días. ¿Fue una premonición de lo que no mucho tiempo después el destino depararía a su reina deseada? Ha llegado hasta hoy un poema trágico donde Nahrib se despide de la vida:

'Con el ardor con que me entregué a ti, reina de mis sentidos,
 tomo la decisión de arrojarme apartado y en silencio sobre el acero.
 Tal vez así su frío restañe el gélido desvalimiento que me consume.
 Has de saber que siempre te di lo que yo era 
y que al quitarme la existencia
 no te desproveo de los recuerdos que nos hicieron felices 
 en medio de los tiempos convulsos. 
 Tú sabrás elegir si deseas vivir o no con ellos.
 Erraré por el país de la muerte y bien quisiera 
 que el dios de nuestros antepasados no me repudiase.
 Acaso allí mis cantos no se pierdan'

  
El poeta secreto de Cleopatra es un libro polémico, a medio camino entre indagación histórica, recreación bibliográfica y relato novelado de Martin Nabul, de próxima aparición en nuestro país por mano de Ediciones Trasmundos.




 (Pinturas de Alexandre Cabanel y Louis Welden Hawkins)


10 ene. 2016

La fotogénica, opera prima de Vojtèch Spassky




"La primera vez me costó convencerla para que posara, pero un tiempo después fue una adicta inconfesable de mi estudio". Así comienza La fotogénica, novela breve del checo Vojtèch Spassky, autor cuya vida se vio truncada por el totalitarismo. "Conocí a Bára en una audición de jazz que mis amigos promovían en Kampa, en la taberna del viejo Janos. Aunque aquellos pequeños conciertos no eran del agrado de la autoridad solíamos celebrarlos a puerta cerrada, salvo en el comienzo del verano en que, por medio de un ardid administrativo, nos daban permiso para que, dentro de un horario prudente, pudieran tener lugar en la terraza junto al Vltava. Naturalmente, para los conciertos dentro de la taberna se cerraba la puerta, pero una vez se había llenado el local. La delegación gubernativa no impedía los conciertos, pero trataba de establecer un cordón sanitario con el exterior. ¿Acaso habría pensado que la música pudiera exportar a las calles de Praga un espíritu disconforme que cuestionara la legalidad al uso? No éramos solo los perpetuos fetichistas del jazz quienes acudíamos, sino también algunos disidentes políticos y sobre todo gente que buscaba respirar otros aires estéticos y, sobre todo, una cierta mística que únicamente podía proporcionar el encuentro fraterno en torno a una música viva. Bára, estudiante de Agrarias, acudía allí con otros amigos, buscando seguramente librarse del olor a estiércol, aunque fuera a base de combinar música y Pilsen. Alguien, tratando de halagar a Bára, me la presentó sugiriendo que sería de mi agrado desarrollar un trabajo de estudio con ella, e incitándola a que condescendiera. Bára, al oír el verbo posar se ruborizó, hizo un mohín de desagrado y dijo un no rotundo que expulsó todo su aliento cervecero sobre mi rostro. Yo, a todo esto, no había abierto la boca. Pero quién me iba a decir a mí que aquella negación con marca Pilsen iba a producir un interés por la joven estudiante. Cada vez que nos miramos en aquella velada Bára trataba de poner un rostro más duro y resistente. Yo le respondía con muecas que cualquier hombre interesado hubiera evitado. No sé por qué me pasé el concierto lanzándola mensajes de burla ni por qué ella siguió correspondiendo con gestos de enfado cada vez más diluidos. Hubo un momento de euforia del personal al cerrarse una pieza de saxo a lo Gillespie, con la gente en pie, la cerveza como himno y la ebriedad como alma que nos hermanaba, en que Bára rió, pero su risa no fue náufraga sino que trazando un arco desde su posición fue a caer directamente sobre mi rostro alelado. Fue entonces cuando supe que Bára posaría para mí".

La fotogénica, de Vojtèch Spassky, se editará en breve en Ediciones Trasmundos, en traducción de Viktor Speljer y Ana Hoff Gabás. 
    


(Fotografía de Martin Munkacsi)


13 nov. 2015

La evolución de las especies, de Timothy Fraserer Bild





"Mi madre ya estaba embarazada, pero ni ella misma se había dado cuenta todavía. Sus cuidados se centraban en la organización de la casa, en la compra y la elaboración de las comidas, y se encargaba de las relaciones convencionales con las respectivas familias. Su marido, es decir, mi padre, que tampoco sospechaba lo que se iba fraguando al ritmo adecuado en las entrañas de su mujer, era un oficinista cabal, cumplidor y atento. Demasiado entregado a la contabilidad de una empresa a la que fiaba un futuro seguro y halagüeño, en la idea de que las viejas crisis del país habían quedado atrás para siempre. Sus vidas iban desplegándose lenta y apaciblemente, y ellos actuaban como si no hubieran dejado de ser jóvenes independientes y libres de compromisos. Pero en realidad iban respondiendo a una programación invisible, que era, a su vez, la que guiaba a muchos otros matrimonios jóvenes de aquellos años. Más allá de las obligaciones asumidas y ordenadas mi padre y mi madre visitaban a familiares y amigos, recibían a su vez a otras parejas, se dejaban aconsejar por sus propios progenitores y acudían una vez a la semana al último estreno en el Savoy Cinema. Mi madre pasaba sola gran parte del día en la pequeña parcela hogareña. Mi padre hacía cada vez más su hogar de la empresa, donde se rendía a los halagos de sus superiores y asumía trabajos que no le correspondían pero con los que trataba de mostrar su capacidad. Mi madre consideraba asueto el ir al mercado, hablar con algunas vecinas del barrio y escuchar los programas emitidos por la WQXR. Mi padre creía relajarse en su escasa media hora de comida en el autoservicio del edificio Cumberland. Ni que decir tiene que cuando llegaba a casa por las noches mi padre se esforzaba en ser galante y cariñoso con mi madre, y mi madre trataba de ocultar su aburrimiento y soledad a su marido. Una vez a la semana, cuando mi padre descansaba, entregaban sus cuerpos el uno al otro, primero con una pasión no excesiva, después según la ley de la costumbre, por último con un interés mermador cuando no ahíto de bostezos y de caída en el sueño huidizo. No, ellos no sabían nada de que en la fragua acogedora de mi madre se iba poco a poco solidificando un extraño cuerpo que algún día llegaría a modificar su sistema de vida monótona. Pero ese cuerpo, ¿estaba dispuesto a emerger nueve meses después para reproducir un tipo de vida análogo al que habían llevado mis padres? Si aquella confluencia de células y de genes en el útero de mi madre desarrollaba por reflejo un plan díscolo es algo sobre lo que no se ponen de acuerdo los médicos que me han tratado. Aquel trazado oculto y rebelde que permitiría a la criatura que naciera ser en apariencia uno más de la tribu, pero en el fondo el individuo perverso y monstruoso por el que soy conocido y buscado en varios estados".


La evolución de las especies es la última novela del escritor de Brooklyn Timothy Fraserer Bild. El texto adjunto es el comienzo de la obra que traducida por Harry López Scooter aparecerá a finales de mes publicada por Ediciones Cuenta Atrás.




(Imagen de Victor Keppler)



6 sept. 2015

Bodegón, de Maria Zvetanova




"El arte no debe estar por encima del bien y del mar. El arte nunca tiene pureza. Más bien, todo lo contrario, está compuesto por todas las mezclas, adherencias, detritos y elaboraciones anteriores que pueda imaginarse." Así comienza su libro Bodegón la analista y diletante Maria Zvetanova. Una obra demoledora y discutible, yo diría que incluso provocadora, con la que pretende bajar de los altares a la creación artística y someterla a una valoración relativista. No en vano dice: "Uno de los grandes mitos existentes en el arte es la categoría de los modelos que algunos elevan a ese olimpo de los cánones, como si no hubiera ya después nada más, como si tras el cielo solo los dioses." En el fondo, la pretensión de la crítica rusa es poner contra las cuerdas no solo a los que ensalzan a tontas y a locas cualquier creación, sino a los críticos soberbios y a los mercaderes que no regatean poner el precio por encima del sentido y la calidad del trabajo mismo.

Sin embargo, el objeto de estudio de Zvetanova es principalmente el bodegón. "Los pintores barrocos de bodegones se deleitarían con la obra de algunos artistas satíricos", comenta. "Quién sabe si esa clase de artistas no estarán haciendo a su manera pequeñas transgresiones visuales, leves concesiones al ojo tras las que tendrán todo un mundo más transgresor que su tiempo histórico no permitiría que fuera más explícito. Es probable que bastantes de aquellas obras del pasado nunca se exhibieran y que como mucho permanecieran en la cámara secreta de los palacios de los príncipes, bien fueran estos nobles o eclesiásticos."

Para Zvetanova, el bodegón es tanto la simulación de una naturaleza muerta como de una naturaleza viva, pues todo es en el arte recreación y prolongación de estados efímeros. "Las naturalezas llamadas muertas  -dice la estudiosa-  cuando son fruta, verduras, vino, pan o carne, exhiben el impudor de los cadáveres. Su vida fue ser árbol, huerta, vides, centeno, res o ave. Lo que el espectador mira con deleite y admiración por el realismo emanante, no es sino una muerte embellecida, un maquillaje de lo que ya no es, un apunte que se pretende para retener la vida anterior en la memoria y crear la falsa expectativa de que todo lo existente va a ser eterno. Todo el mundo sabe que lo que exhiben los bodegones se corrompería en la vida ordinaria y, para generar la ilusión contraria, los artistas barrocos vinculaban la exuberancia de formas, el detalle y matiz de los colores, las sombras y las luces adecuadas, para que el ojo del espectador conserve la satisfacción de una vida sin tiempo. Cierto que llegó un día en que pudimos decir, al estilo del pintor surrealista, esto no es una verdura, no es una caza, no es una sandía, etcétera. Pero, ¿y si de pronto aparece un deconstructor del bodegón tradicional, un transgresor de los sentidos? ¿Y si llegan a aunarse los objetos del bodegón tradicional, muertos y consumidos, con la presencia de seres vivos que además muestran una mezcla de lujuria y gula con un afán satírico envidiable? ¿Cómo llamar a ese tipo de nuevas creaciones donde la naturaleza muerta es secundaria y es desbordada por la alegría de los cuerpos, las intenciones, las risas y el erotismo desvelado?"

Me ha fascinado el libro Bodegones, bellamente editado por Nuevo cielo, vieja tierra, ediciones, en traducción de Irina Ulianova  




(Imagen de Monica Cook)



31 ago. 2015

La ácida viña del Señor, nueva edición del célebre anónimo del siglo XVIII




"Cuando Jean-Ferdinand Watteau, a quien durante interminables meses la familia le daba por muerto, se despertó de aquel letargo profundo causado por el terrible accidente de caballo, relató su sueño. Pero con una novedad. Que no lo narraba como algo onírico sino como un viaje físico que hubiera realizado con plenas facultades. La diferencia estribaba en que si bien en un sueño ordinario domina lo inconexo y los saltos desorganizados, donde los matices revueltos se imponen al eje de los acontecimientos, en su experiencia ausente establecía un relato riguroso donde se vertebraban planes, territorios, desplazamientos, individuos, costumbres y pasiones en un orden argumental tan preciso que parecía haber sido producto de un diario meticuloso."

Así comienza La ácida viña del Señor, extraño libro de relatos del siglo XVIII que ahora ha rescatado la editorial occitana Les Quatre cents coups. Las narraciones, que en el cuerpo del libro se brindan como historias que acontecen en diversos espacios de la Europa donde crecía imparable el fermento de la Ilustración, juegan con el elemento visionario de quienes, como el desconocido autor, anhelaban la implantación de una cultura más libre, el impulso de sectores sociales dinámicos, el fin del oscurantismo religioso y la defenestración del absolutismo político. En este sentido, la familia que rodea al hombre que emerge del coma profundo, adquiere un simbolismo metafórico. Encarnaría a las viejas fuerzas de la reacción que, por una parte, temen el despertar de las nuevas ideas, pero por otra se mantienen expectantes por si tienen que adaptarse a tiempos en los que pueden tener mucho que perder.

Pero, más allá de ese mar de fondo atractivo, lo interesante reside en la vena erótica e iconoclasta por donde el autor anónimo serpentea y cautiva al lector. No es extraño que utilice el recurso de ciertos pasajes bíblicos para divergir por ellos y recrear escenas absolutamente novedosas, donde no se regatean crítica a los poderes paternales o se valora al individuo, principalmente a quien históricamente ha permanecido subyugado: la mujer.

"...Aprovechando la siesta de su marido la mujer de Job salió al campo de majuelos. Allí habitualmente se sentía libre, emancipada, y la belleza de los racimos maduros la invitaban a una ceremonia con la naturaleza, que ella aceptaba. Se despojó de su vestido, cortó algunos racimos que colgó sobre los hombros y dejó caer sobre sus senos, mientras la hoja de vid se enredaba en sus cabellos con una fuerza posesiva. El sol en su cénit hacía el resto. La mujer se sentía en aquel momento en una consagración plena donde era diosa y a la vez sacerdotisa. No necesitaba a nadie más para gozar del aire, de los granos de la uva y de su cuerpo en pleno ardor. Una sensación etérea la arrobaba y aquella parcela de cultivo le parecía un templo donde ella emergía exclusivamente como materia pura de mujer."



(Imagen de Malika Mokadem)


1 jul. 2015

Las abanderadas, fragmento de Crónicas de la calma, del periodista Anatoli Chausheva





"Ellas son las abanderadas. Los vestidos al viento, el mástil de los cuerpos enhiestos, el movimiento ondulante de unos brazos que lo abarcan todo, el paso marcial y unísono de unos pies fimes. Y el alma de su ropa interior, marcando la liturgia de una ceremonia guerrera pero amable. Su estilo de desfilar es el único armamento de estas jóvenes. Mirada al frente, cabeza altiva, atributos femeninos avant-garde. El empuje ante el que las autoridades se cuadran, el enemigo se rinde, los pusilánimes se convierten. Adoro esta fotografía del gran Boris Ignatovich cuyo clic no rompió filas en la Plaza Roja, sino que las concentró todavía más. Cuando después de la parada nos fuimos a beber vodka en la Taberna del Oso, en uno de los callejones que dan a Arbat, Boris nos contó su experiencia y desató sus sentimientos: 'No sabía dónde ponerme, pero al verlas venir, intensas y hormonales, agitadas y a la vez tranquilas, fueron ellas con su paso las que me indicaron el punto. Descubrí el ángulo, calculé el vértice, me senté en el suelo y disparé una y otra vez. Pero la primera toma resultó ser la más acertada. El ruido de cientos de pies, no menos severo que el de unas botas de media caña, ocultaba risas, apagaba palabras cariñosas, pero yo allá abajo lo oía todo. Boris, sácanos más que enteras. Boris, te queremos, nos tienes. Boris, no habrás visto unas banderas como éstas. El comisario Etvuchenko, que estaba a mi lado, se ruborizó pero conteniendo su risa y buscando mi complicidad las llamó por lo bajo condenadas abanderadas. Somos las matronas del padrecito Iósif, chilló una esbelta camarada, como un autoelogio del que el comisario prefirió no hacerse eco.' 

Boris Ignatovich era un maestro de la cámara y concebía el paisaje urbano como un museo, a las personas como esculturas, las máquinas como músculos, los gestos humanos como rituales y las sonrisas de los amantes...ay, las sonrisas, cómo sabía captarlas, las que se distinguían por su naturalidad y aquellas otras que se esbozaban forzadas para la propaganda y las circunstancias."

Este fragmento -traducción de Nicolai Fernández Kalenko- de Crónica de la calma, del periodista y luego disidente Anatoli Chausheva, ha visto la luz en la editorial Stare Rossya. 



28 jun. 2015

La buceadora Mary Sullivan, biografía de Ahiara Morita




Mary Sullivan Trulock se suicidó por falta de amor. Eso es lo que dedujo el juez de guardia de la prefectura de Chiba, en la isla de Honshu, ante la desaparición de la escritora. Se basó en una carta manuscrita de la mujer en la que exponía sus intenciones. Sin embargo, el joven juez Haiso Tsuramai, que se hizo cargo del caso posteriormente, lo enfocó de manera diferente. En el escrito, Mary Sullivan decía que iba a suicidarse, pero no que se había suicidado. Un muerto nunca escribe y menos da una explicación tras el óbito, concluyó el joven juez, por lo que aunque se tenga un escrito anterior, en este caso presuntamente de la escritora, no puede considerarse prueba sólida. Una escritora puede inventarse una historia de muerte y desaparecer simplemente para rehacer su vida en otra parte. 

La desaparición de Mary Sullivan Trulock no fue sino el episodio cumbre de una vida inquieta y aventurera. Autora de varias novelas ambientadas en el Pacífico, se hizo célebre principalmente por Las buceadoras, donde no sólo narra la vida de las mujeres que se sumergen a diario para rescatar perlas de los fondos marinos sino que es considerada un relato sobre sus propias vivencias. En efecto, Sullivan se enamoró perdidamente de una de aquellas mujeres, Ginza Onjoku, la mitad de joven que ella, y tuvo una intensa relación, que ambas mantuvieron discretamente. Pocos allegados sabían de aquel vínculo, como tampoco era conocido que la joven Ginza iniciara a Mary Sullivan en el arte y destreza de la inmersión.   

Es a partir del supuesto final de la escritora, no clarificado hasta el momento, desde donde Ahiara Morita reconstruye los entresijos de la vida de la Sullivan en su biografía La buceadora Mary Sullivan Trulock. A través de los datos que ofrece sobre su apasionada historia amorosa con la buceadora Onjoku trata de desentrañar su personalidad emocional y afectiva. "Mary Sullivan -dice Morita- tenía una personalidad estable y afirmada, pero necesitaba reforzarla constantemente manifestándose ella misma en direcciones diferentes y arriesgadas. De tal modo que el acto de amor con la mujer de Chiba debía ser complementado no sólo con la dedicación sexual y afectiva sino a través de la colaboración en las tareas de la joven buscadora de perlas". De un modo un tanto ambiguo la autora de la biografía deja caer que la desaparición de Sullivan podría haber tenido que ver con las inmersiones en el océano, pero nunca hubo una prueba que lo confirmara. Ni siquiera la desolada amante Ginza pudo aportar nada al respecto.

La biografía de Ahiara Morita está publicada en Nuevos Ukiyo-e ediciones.





(Fotografías de Fosco Maraini)




8 jun. 2015

EpiKuro




        K. pregunta:
¿Qué clase de sed eres que incitas de ese modo a quien porta también el hontanar de la vida?

(Pero la sed no responde y la mujer sigue bebiendo)

K., curioso:
¿No sabes acaso que ella puede apagar tu brío cuando quiera y saciarse por sí sola?

(La sed se mira con espanto y sigue callada)




(Imagen cedida por Marváz)


3 jun. 2015

Ni bellas ni bestias, un libro raro de Falstaff Connolly




"...¿Es tan fiera la bestia como la pintan? ¿Es tan dócil la bella como aparenta? La bella tiembla y se muestra sobrecogida, ¿o hace creer que se sobrecoge? El monstruo exhibe orgullo, ¿o es el rol que le prohíbe dar a entender sus debilidades? ¿Se deja acoger de manera desinteresada la temerosa hembra por la fortaleza de los brazos del osado macho? ¿Posee el volumen del basto suficiente peso específico de ternura? ¿Qué deja entrever la mirada de la mujer, resistencia o admiración? ¿Qué ocultan los párpados del hombre, sordidez o generosidad? ¿Siente la mujer frío o sed? ¿Percibe el hombre cansancio o atracción? ¿Va a premiar ella el rescate por parte de su valedor o va a huir en cuanto pueda? ¿Sabrá él mantener el intercambio que en el fondo ella le propone?..." Ni bellas ni bestias no es una novela ni un ensayo psicológico ni siquiera un tratado para defenderse de los sinsabores los vividores frustrados. Es lo que el autor Falstaff Connolly denomina un libro de interrogantes. Connolly, del que ya anteriormente leímos Los falsos inocentes, nos explica en un epílogo furtivo que las respuestas siempre son las preguntas. No es que estén implícitas en ellas sino que el mero hecho de plantearlas implica las posibilidades y solo las posibilidades responden. Solamente el mundo de las posibilidades es capaz de aseverar la realidad, opina Connolly, y cualquier otro intento de desglosar comportamientos, tratar de diseccionar conductas o levantar el polvo de los conceptos no conduce sino a multiplicar dudas y por lo tanto enigmas. Quien atiende a preguntas y no se cansa de hacerlas ya es poseedor de una porción del lógos. Su desarrollo siempre resultará confuso y los enunciados categóricos nunca podrán aclarar la supuesta verdad del alma humana. Tesis que el lector puede encontrar discutibles, pero seguro que se sentirá atrapado por el juego de interrogantes, siempre duales y divertidos.

La editorial La noche amable pondrá en las librerías en breves fechas esta pertinaz obra, cuya edición incluye ilustraciones del díscolo dibujante Herbert Ray.




23 abr. 2015

Pulso de titanes, de Joaquim Sebastiao Dias Henriques




Pulso de titanes no es lo que parece. No se trata de una nueva versión de La Bella y la Bestia, sino que está más bien próxima a la temática de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Si en la primera, fábula que procede de la antigüedad, la metamorfosis se anticipa a lo que siglos después será una constante narrativa, en la de Stevenson se revela en su modernidad cercana y psicoanalítica. Pulso de titanes tampoco es una obra sobre personajes y tradiciones religiosas, aunque quiere ir más allá de éstas rozando los territorios no solo del bien y del mal, sino penetrando en las entrañas del placer y el dolor, la aproximación y la lejanía, el acercamiento y la huida, la luz y la oscuridad, la imperfección y la belleza. En este sentido se percibe desde las primeras páginas un tufo grato a mentalidad oriental y el ritmo de la narración se acomoda a un modo pausado, atemperado, que hace que el lector no sienta irritación ni agobio ante cada episodio.

"...Cuando se encontraron cara a cara el titán Marvao y el titán Clemente, se miraron fijamente a los ojos. No lo hicieron con animadversión y odio, ni siquiera con antipatía. Mantuvieron la mirada con curiosidad, se observaron en sus perímetros, atendieron los gestos del adversario. Los rostros se controlaban, evitando definirse, las manos no ejercitaban tensión alguna, los cuerpos aparentaban relajación. Tampoco se trataba de un contacto gélido y la ocultación de la voz no era por miedo sino por respeto mutuo. Se observaban y se tentaban a la vez, como si lo que les guiase en su encuentro fuera una mera curiosidad. Y aquel rasgo templado evitaba choque alguno. Era como si cada uno pensase para sí: ¿Y si yo fuera tú? ¿Y si tú fueras yo? Vinculados por la sorpresa, ninguno de ellos veía al otro de modo diferente, por más que sus fisionomías no se parecieran. Tuvieron un instante en que la tentación les pedía arrojarse uno en los brazos del otro, pero se contuvieron. Ninguno bajó la guardia, hasta que un sonido de galopada lejana se fue haciendo más evidente. En los altozanos que rodeaban el valle amplio donde se habían citado, se fue acumulando un número indeterminado de individuos expectantes."

Es en párrafos como éste en los que Joaquim Sebastiao Dias Henriques revela un poco la mentalidad absorbida durante los años que vivió en una región recóndita de Indochina. No voy a decir nada más, sino que esta novela es un nuevo intento de narrar una metamorfosis, transfiguración, transformación o cambio radical, como hoy parece nombrarse al perenne instinto humano por intentar conocerse. Pulso de titanes está editado por Ediciones Al paso al trote al galope, en una cuidada traducción de Sílvio Almeida y Carmen del Val.





21 mar. 2015

La partisana del amor. Olena Ludvika





Irina Kolsomolskaia es una joven con fe ciega en la revolución. Hasta ahí nada especial. Abundaban las jóvenes con ilusión y fe en que el mundo iba a cambiar de base y echaban su arrojo para lograrlo, aunque muchas perecieran en el intento. Carne de hospicio desde el primer vagido, Irina debe su supervivencia, primero, y una vida más o menos digna, después, al gobierno que dice procurar el bienestar de sus ciudadanos. Con tal antecedente, el futuro de Irina es el futuro de su patria. Hasta tal punto que los que rigen los destinos de la gran nación lo dan todo por sus jóvenes...pero no a cambio de nada. El trabajo intenso en una fábrica de componentes eléctricos de Darna, la preparación paralela en la instrucción y manejo defensivo de las armas, y la llamada a filas cuando la bestia parda acecha son etapas del ciclo vital de la joven Kolsomolskaia. Para ella, el uniforme siempre ha sido una segunda piel. El uniforme pulcro de la escuela, el vestido alegre de camarada, el mono digno de obrera, el caqui de la defensora, son pieles mutantes tras las cuales le costaba a veces reconocerse en su piel primitiva. Aunque sumisa y colaboradora disciplinada de cuanto ordenen sus superiores, Irina tiene su crisis de fe revolucionaria. No es una crisis de ideas, ni abandona sus actitudes de entrega, ni reniega del gran líder ni de ninguno de sus jefes. Es una crisis personal, íntima. No acaba de reconocer su cuerpo, oculto permanentemente por un uniforme u otro. Y cuantos muchachos han accedido a él no lo han admirado con justicia, no obstante su belleza recóndita. Pero la crisis estalla precisamente cuando su país está teniendo más dificultades para salvarse de la zarpa boche. De un lado, ella no puede hacer dejación de las armas. De otro, la necesidad de conocerse más a fondo destaca en ella una ansiedad que la hace abrir un segundo frente, el de la sexualidad abierta e incluso promiscua donde pueda hallar también su propia liberación.

Sobre esta trama la recientemente fallecida escritora moscovita Olena Ludvika estructura el desarrollo de su novela La partisana del amor pletórico de anécdotas, experimentos, recursos a la historia y ejercicios arriesgados que seguramente se queden cortos, pues las penurias y dificultades de un conflicto bélico desbordan las imaginaciones y fantasías de cualquier narrador, por mucho oficio que crea tener. 

La partisana del amor está editada por Narraciones del Volga, con una traducción exquisita de Joseba Martín Kustov.




(Imagen de Zorz Skrigin)




24 oct. 2014

Crónicas del viajero Seymour McMillan





"Cuando llegamos a la isla que llaman los nativos Del tiempo parado encontramos que la orfandad de las mujeres era prácticamente total. Los pocos hombres que permanecían en ella eran octogenarios ciegos o paralizados por las altas concentraciones de extraños gases que emergían desde las profundidades de los acantilados. Las mujeres no se explicaban por qué razón aquella sustancia latente de la naturaleza apenas las afectaba a ellas, mientras por otra parte había diezmado la población varonil. El miasma inexplicable no era la única causa de la soledad feminal. Cierta enfermedad contraída por sus esposos y bastantes de sus hijos en la peligrosa incursión sobre un archipiélago lejano compartía responsabilidades en la angustiosa eliminación de los hombres. Al principio, según nos contaron las mujeres más veteranas de algunas aldeas, el drama fue importante. Pero pronto cambiaron sus actividades, haciéndose cargo de las artes de la pesca o de los trabajos de herrería o del cultivo del mijo. No fue problema desdoblar sus roles, pues la fortaleza física de las mujeres y su entidad temperamental las tornaba capaces no solo de sobrevivir a las circunstancias adversas, sino de poderlo hacer en condiciones más gustosas y libres que cuando tenían que dividir sus trabajos. Tampoco fue problema, no obstante ciertos prejuicios heredados, cuando para evitar verse limitados en su regeneración o para evitar desplazamientos en masa de la isla tuvieron que recurrir a prácticas endogámicas. Apenas hubo mujeres que rechazaran el nuevo planteamiento y las más ancianas recordaron que algo semejante había tenido lugar en el pasado sin mayores consecuencias. Fue aquella tesitura extraordinaria la que me permitió conocer a la hermosa Hiroko Noa, experta en las técnicas de navegación y especialmente en la pesca de bajura. Hiroko no hacía mucho que había abandonado su adolescencia y las terribles circunstancias padecidas la habían obligado a madurar con rapidez y contundencia. Nadie diría que para ella lo más importante fuera prestar atención a un desconocido extranjero. Todas sus actitudes mostraban más bien despreocupación, cuando no desdén, por seducir o sentirse cautivada. Su humildad era obvia; su prudencia, extrema; su discreción, un ejemplo. Tengo que reconocer que desde el primer momento la imagen de la joven Noa hizo flojear mi resistencia. La sensatez que mostramos mis compañeros y yo nos permitieron conocer aquella sociedad diferente, cerrada, en apariencia silenciosa. Sin embargo, nada hubiera quebrado si yo no me hubiera puesto en la cabeza aquel hachimaki morado con signos geométricos que simulaban olas agitadas y que me había encontrado entre las rocas". 

  


Este párrafo corresponde al clásico Crónicas del viajero Seymour McMillan, obra capital del célebre etnólogo canadiense, que ha sido reeditado por Libros de la Odisea. La editorial recupera de este modo la vieja tradición del libro ilustrado con fotografías de época. Será presentado el próximo 3 de Noviembre en el café librería El iglú de papel, calle Procurador Mário W. Domingues 1.275, sótano.





5 oct. 2014

La perraniña, crónica de una metamorfosis. Frederick A. Peterson




"No, no me engendraron mis padres con este perfil doble, mitad niña, mitad perra. Cualquiera debería suponerlo y yo no tendría que haberlo precisado. Lo he hecho por lo complejo del acontecimiento, para dejar claro desde el principio que ellos eran normales y que se guardaban una extraordinaria fidelidad mutua. Por otra parte, no les gustaba lo suficiente la especie canina como para haber acogido en alguna ocasión un animal en casa. Aquello fue algo accidental, sin que quedara huella ni memoria. Un instante inexplicable, repitieron desde el primer momento padres, abuelos y psicólogos. No tendría yo tres años cuando cierto amanecer mis padres se precipitaron alarmados en mi cuarto. No, no lloraba, simplemente emitía unos sonidos semejantes a los ladridos de un cachorro. Lastimeros, eso sí, y muy agudos, entremezclados con las palabras papá, mamá y osito, que iba aprendiendo hasta la fecha. Pobres Amy y John, aún recuerdo su cara de susto. ¿O era de admiración y perplejidad más bien? Diréis: cómo vas a acordarte de aquello con solo tres años. No sé cómo es posible, pero lo recuerdo al dedillo. Su estremecimiento nervioso, sus zarandeos, su gritos. No dejaban de decir: pero qué te pasa, Nelly, qué tienes. Y mi madre: ha debido ser algo que cenó ayer y no le ha sentado bien. Yo permanecía sentada en la cuna, intercambiando mis primeras palabras con aquella suerte de ladridos débiles pero contundentes. Ellos continuaban con sus aspavientos, sin saber qué hacer, si llamar al médico o al abuelo que, por azar del destino, resultó haber sido fonólogo. Aquel preciso episodio de un despertar que perturbó a toda la casa es la primera evocación sobre mi metamorfosis. Mucho antes de que una parte de mi cuerpo cambiara ya se había alterado mi voz. No para anular la biológica, pues desde entonces mis dos sistemas de lenguaje, digamos, se han llevado bien y han jugado de manera muy divertida. Sino más bien como una muestra, que difícilmente pueden explicar las leyes conocidas de la naturaleza, de que en el origen de la palabra de otra raza animal se ocultaba una incipiente manifestación de vínculos no conocidos entre especies sustancialmente tan diferentes. Yo sería, por lo tanto, una especie de médium no solamente entre el hombre y el perro, sino ente el hombre y otros animales".


De este modo comienza la novela La perraniña, del autor samoano Frederick A. Peterson. La traducción ha corrido a cargo de Elvira Puignou. El libro, que se mostrará en las librerías a mediados de mes, está cuidadosamente editado por Metalectures Edicions




29 mar. 2014

¿Caperucita o Lolita?




Que Caperucita resultó ser indigesta para el lobo es parte de la historia apócrifa. El ilustrador Beni Montresor supo entenderlo muy bien cuando lo relató en imágenes. Caperucita inocente entre las fauces de la bestia horrible es la versión ortodoxa. Caperucita implacable con sus monsergas es la versión heterodoxa. El personaje infantil del que se ha dicho interesadamente, por parte de los radicales del orden establecido, que fue la víctima propiciatoria es para la interpretación de los no catecúmenos la jovencita sagaz y tozuda apellidada Conciencia. Para los heterodoxos, el lobo no es ni bueno ni malo, sino simplemente el infeliz que busca el modus vivendi en los territorios ocupados por los demás. Pero los demás, que por cierto son humanos, tratan de hacerle la vida imposible inventando un cuento en que él y su manada siembran el terror. Como no pueden los humanos acabar con sus tropelías  -sic en la descripción de la prensa de época- deciden utilizar la antigua trampa de la seducción. La niña generosa, obediente y soñadora que camina por los caminos sumisa a la mamá y a la abuelita, cumpliría el papel de una especie de mártir, según la doctrina y el dogma. Afortunadamente, los textos apócrifos, entre los cuales el más importante es el del profeta Nabokov, nos transmiten que Caperucita no se llamaba así, sino que se llamaba Lolita y se ofreció a los ganaderos de buena gana, sabedora de sus artes y maleficios. En este sentido, la Caperucita-Lolita, al seducir al lobo estaría obligando a éste a enfrentarse con su propia conciencia. Jung con sus simbolismos y posteriormente Cooper con sus misiles anti-familia, habrían intuido el tema. ¿Caperucita o Lolita el personaje del cuento? ¿Pero de qué cuento?           





18 feb. 2014

Papá, quiero ser star. Comedia de John T. Weehawken




(Se levanta el telón. La escena representa el andén de una estación de bus de Brooklyn. Un vehículo calienta motores. Ella y él conversan un tanto nerviosos mientras esperan para subir al transporte que deberá conducirles a Hollywood)


Ella:  ¿Estás seguro que quieres venir al Oeste?
Él:    Yo voy donde tú me lleves.
Ella:  No, que quede claro, yo no te llevo.Tú vienes porque te apetece y para conocer mundo.
Él:    Quiero visitar otras ciudades.
Ella:  Eso está bien. Pero puede haber grandes peligros.
Él:    A tu lado no tendré miedo.
Ella:  Pero yo no soy tu ángel de la guarda.
Él:    Eso ya ha lo hemos hablado. 
Ella:  No te arrepentirás después, ¿verdad?
Él:    ¿Me tomas por un niñato? De lo contrario no estaría aquí contigo esperando el bus de la Ruta 66.
Ella:  Supongo que tendrás los billetes.
Él:    Ok.
Ella:  Hay mucho desierto por delante, pasaremos calor.
Él:    En el desierto hay serpientes.
Ella:  Pero en el bus no se van a meter, digo yo.
Él:    No creas, he oído de todo. Por si acaso he traído el tirabeque. 
Ella:  ¿Tienes licencia para usarlo?
Él:    No, pero en este país todo quisqui va armado.  
Ella:  Lo importante es que cuando nos bajemos en las paradas del recorrido no te separes de mi.
Él:    Sabes perfectamente que soy tu perrito faldero.
Ella:  Oye, Tony, no quiero tampoco que seas eso. Conque tengas cuidado, me vale. 
Él:    ¿Y si nos perdemos el uno del otro?
Ella:  Eso no está previsto que suceda.
Él:    ¿Pero si ocurre?
Ella:  No ocurrirá, pero si te lías como sueles hacer a menudo te esperas al siguiente autobús.
Él:    Dicen que Santa Mónica es grande. 
Ella:  Nos reencontraremos, seguro. Aunque sea dentro de diez años.
Él:    ¿Que dices? Estás loca.
Ella:  No olvides que la que quiere ser artista soy yo. Tú eres el que te has pegado.
Él:    Pero no podía dejarte, amor mío.
Ella:  No hubiera pasado nada si no hubieras venido.
Él:    ¿A que no voy todavía?
Ella:  No lo dirás en serio. Me quitarías de encima una responsabilidad.

(En ese instante suena un altoparlante avisando de la salida inmediata del autobús de la Ruta 66)

Él:    ¿Te parece bonito plantear una crisis en estos momentos?
Ella:  Oh, querido Tony, yo no planteo nada.
Él:    Si te pones en ese plan me arrepiento y me quedo en tierra.
Ella:  Mira qué bien. Dame mi billete por si acaso.

(Tony se muestra ofuscado y en un pulso con la chica le da el billete)

Él:    Hablas en broma, supongo.
  
(La chica, sola, sube al autobús mientras los pasajeros se acomodan en sus asientos)

Ella:  Oh, no te preocupes, te enviaré una postal de las playas.
Él:    Déjate de bobadas y reconoce que no hablas en serio.

(Ella baja la ventanilla)

Ella:  Cuando sea una artista consagrada sabrás de mi.
Él:    ¿Me vas a dejar aquí?

(El vehículo hace que arranca, la luz va menguando y la voz de la chica va achicándose como si se alejara)

Ella:  Yo no te dejo, ya te avisé. Ni te llevo ni te traigo ni te abandono. Además, tú...
Él:    Glenda, Glenda...Eh...espera...yo...

(El autobús expele una nube de humo y la voz de Tony se pierde en el andén de la estación de Brooklyn. Queda todo a oscuras. Cae el telón del segundo acto)



Fragmento de la comedia Papá, quiero ser star, de John T. Weehawken, que se estrenó el 4 de noviembre de 1952 en el Odeon Theatre, de Manhattan. La fotografía adjunta la hizo Saul Leiter.



14 feb. 2014

Risas cadavéricas, de Paul Deathansen




"¿Quién dijo que los cadáveres sonríen? Y sin embargo muestras hay. Cadáveres de la publicidad de revistas y paredes de otro tiempo lo avalan. Pero yo no iba por ahí. Siempre me he preguntado de qué ríen los difuntos yacentes. Mi vecino el investigador esotérico me ha dicho que las muertes no son nunca muertes del todo, ni del instante, ni siquiera cuando los cuerpos se enfrían. Por supuesto, nada lo avala, pero está convencido, probablemente para justificar su negocio bien nutrido de incautos que recurren a él con objeto de saber lo que les pasará sin que hagan nada por evitar que les pase. Y para qué voy a llevarle la contraria; no quiero que me acuse de ir contra la libertad de mercado, pues, al fin y al cabo él defiende sus teorías como producto y las tiene hasta registradas legalmente. 

Alexis Livitnius, embalsamador de la avezada Johnson Funeral Home, con quien tengo el placer algunas noches de charlar cuando hemos salido de nuestros respectivos trabajos, es de la opinión más al uso. Los muertos están bien muertos, me comenta, pero se crea en ellos una secuela, un ligero eco de la vida, como si quisieran prolongarla cuando ya no son nadie; vamos, que ni son. Lo que sucede es que se produce una relajación tal de los músculos que hasta que no les encajo bien la mandíbula parecen reírse de uno. Luego sí, llega ese hieratismo que la gente ve cuando acude al oficio de despedida. Naturalmente, en la puesta en escena y exhibición del difunto él apenas cuenta. Los artistas somos los maquilladores, presume echando uno de sus tragos ansiosos de Bourbon. 

El padre Jacynthus, que suele visitarme una vez a la semana para ofrecer sus servicios, sin que hasta la fecha esté obteniendo su esfuerzo fruto alguno, nada y guarda la ropa respecto al tema. No se limita a decir que el cuerpo se corrompe tras la muerte y que el alma flota eternamente, sino que ésta procura desde instancias que él no puede precisar, por el bien de quienes le han querido en vida. Y si el alma ha alcanzado el cielo resulta también benévola con aquellos que perjudicaron al fallecido.  

Aprecio por su manifiesta bondad al padre Jacynthus, pero no estoy tan seguro de que él tenga una actitud recíproca conmigo. No solo porque no me acojo en absoluto a sus recomendaciones sino porque en diversas ocasiones le he despedido con cajas destempladas. La eternidad va a ser tuya, hijo, me dijo el otro día, pero tienes que firmarme este documento de retorno al redil. Yo solté una estruendosa carcajada. Pero, padre, le respondí ¿de verdad cree que a estas alturas estoy por hacer negocios con nadie? Y él va y me dice: pero es el gran negocio de tu alma, hijo. A la segunda carcajada comenzó a salir sangre por mi boca, mis ojos quedaron poco a poco en blanco y mis miembros desfallecieron. Vi cómo esgrimía con una mano un papel y con la otra se aprestaba a hacer cierto signo sin mi permiso. Carecía yo en ese instante de fuerzas para detenerle el brazo y romper su mercantil papeleo. Aún insistía: va a ser tu gran inversión, hijo mío, el gran acierto de tu vida. No sé de dónde me salió la fuerza, pero el estallido incontenible de una nueva risa le espantó y cayó hacia atrás, pronunciando unas frases en una lengua antigua si no bárbara. Cuando llegaron las enfermeras a recogerle del suelo estaba rígido y no hubo manera de que soltara el papel cubierto de mis espumarajos sanguinolentos."   





Fragmento del libro de relatos Risas cadavéricas, de Paul Deathansen. Traducción de Vinilia Lecumberri. Edita Fantasias de ayer y hoy. La fotografía inferior pertenece a L. Pomés.

  

6 feb. 2014

La tertulia, de Evan Roy





"Los seres más monstruosos y deformes son los que tienden a amar frecuentemente con más sinceridad, dijo sentando cátedra el doctor Rob Carlston mientras apuraba su quinto whisky puro de Aberdeen. ¿Está usted seguro, doctor?, le replicó Mc Logan desde su poltrona. Diríase que los conoce usted muy bien. ¿Ha tratado a muchos? A suficientes como para comprobar la necesidad de afecto que manifiestan en cuanto te acercas a ellos y les hablas con campechanía, respondió el doctor. ¿Tanto valor tiene usted para aproximarse a ellos sin mayor prevención?, se atrevió a preguntar Kenny el carnicero. Si tengo suficiente ánimo para verme con ustedes todos los días, ¿cómo no voy a tener valor para tratar a esos seres excepcionales?, respondió el doctor Rob. Hubo una risa mordaz y contenida a regañadientes, sin que los contertulios acertaran a saber si les criticaba o les salvaba de meterles en el mismo saco. Mc Logan rompió el instante gélido y azuzó al doctor. ¿Cómo aman sus pacientes tullidos o tarados? Cuéntenos, doctor. Muy fácil, respondió éste. Aman sin prisa, sin esperar nada a cambio. La mayoría tienden la mano y se conforman con una caricia. Si el tacto se acompaña con unas palabras pronunciadas en un tono afable y melodioso ellos entran en un estado de amodorramiento, que no de inconsciencia. Siguen esperando más señales y ahí el siguiente paso depende de quien esté dispuesto a intercambiar un cierto tipo de entrega, también sin exigir nada a cambio. El pastor Edward Parr, que había estado bastante callado todo el rato, tomó la palabra. No me diga, doctor Carlston, que los monstruos o, mejor dicho, y rebajemos por caridad el tono del calificativo, cualquier clase de impedido físico o mental podría o debería ser recibido por una mujer normal. ¿Se imagina que en nuestra comunidad proliferase tan extraño tipo de contacto entre esos desdichados individuos degradados y cualquiera de nuestras esposas o hijas? El doctor miró al pastor a los ojos, luego calculó la distancia entre sus cejas y le espetó: usted, amigo Edward, no imagina cuántas visitas recibo en mi consulta de mujeres de buena posición. No tienen inconveniente en reconocer que vienen huyendo de lo que llaman sus monstruos domésticos y normales porque dicen preferir a los ocasionales. El religioso mudó su faz y se sirvió un doble malteado de doce años."



Fragmento en primicia de La tertulia, del escocés Evan Roy, de próxima aparición en primavera. La fotografía es de Anders Petersen, de la serie del Café Lehmitz.




18 ene. 2014

La conversión del monstruo, de Andresz Cselowic





"Desde lo más alto de la ladera la vio dormir boca abajo. La contempló largo rato y se extasió con tal enunciación de la belleza. No le decía aquella imagen nada más, pero le estaba diciendo todo. No sintió otra llamada sino la de una dulce abstracción. Él, el monstruo que había sido, moría en la mirada sobre la mujer del sueño. No había ansia dentro de él, ni deseo, ni le reclamaba embestida alguna. Se sintió raro y hubiera querido contemplarse en el cielo para saber si seguía siendo como era hasta entonces. 

Un impulso de bondad le hizo descender hasta la dormida. Sin hacer ruido, sin ánimo de perturbar aquel sueño, intrigado por la presencia insólita de quien se atreve a entrar en sus territorios. Merodeó sin acercarse demasiado. Lo justo para percibir una respiración cuyo ritmo le traspasaba. Los movimientos de la mujer al cambiar de posición eran pausados, sus estiramientos leves.

Empezó a dejarse notar la brisa de la pronta mañana. Hubiera querido dotarla de calor, evitar que aquella espalda se convirtiera en parte del rocío gélido. La tomó entre sus manos y un estremecimiento salvífico le embargó. Qué queda en mí del monstruo que soy, pensó contradictoriamente. En el roce liviano de la piel de la aparecida presintió la marca fría del amanecer. Cómo protegerla sin causarle daño. Pensó en arrancar unas briznas de hierba y taparla con ellas. Pero añadiría frialdad sobre frialdad. Pensó en cubrirla con arena, pero aquella piel no se merecía el humus barroso. Suspiró entregado a su preocupación. Aquel suspiro le dio la clave. Tomó aire y expulsó una bocanada larga de aliento cálido. Sintió que aquel cuerpo diminuto se expandía, adquiría un tono menos vidrioso. Hasta le pareció escuchar una palabra insignificante de agradecimiento emitida desde la ingravidez de la durmiente. Luego el monstruo colocó encima la otra palma de manera cóncava como tejado de la casa que construía para ella con las manos. La dejó habitar. Fue en ese instante cuando el ser abominable, temor de todos los habitantes de la comarca, se dio cuenta del poder de la belleza. Algo palideció en su interior. Fue poseído por una rendición en la que no se reconocía, pero que le agradaba. Permaneció sentado en el fondo del valle, esperando la calidez del día."

La conversión del monstruo, de Andresz Cselowic, será publicado próximamente en la colección Historia de monstruos y otros seres deformes, perteneciente a la editorial Transmundos.



12 ene. 2014

Cuando los titanes cayeron




"...Creo, por lo tanto, mi querida señora, que sabrá apreciar como nadie los pequeños defectos de mi obra. Sabidos son los límites a los que debe atenerse el artista y los recursos de los que el mismo dispone. Si la capacidad creativa tiene que ceder en una pequeña proporción para salvaguardar la buena contribución de nuestros generosos mecenas, que así sea. Estos tampoco han querido quedar en entredicho con la alta clerecía y las ideas morales de nuestro tiempo. Asunto que a ambos nos importa poco, mas su bondad sabe, mi estimada señora, que yo no me debo sólo a la gratificación que me proporciona su condescendiente amor sino también a mi modesta condición de artista a sueldo. La Teogonía de Hesiodo fue nuestra referencia fundamental y la intención queda interpretada sobradamente. La ira del iracundo Zeus ha sido reflejada a través de esos cuerpos que van descendiendo, cual meteoritos del universo exterior, hasta el profundo Tártaro. La potencia de tan esbelta musculosidad de los titanes es castigada y así lo representa el accidente mismo. De nada sirven las súplicas y la perplejidad de los rostros de estos desgraciados, marcados por el destino hasta herir su propia condición viril. En este sentido, esas pequeñas limitaciones de que le hablaba, y que se perciben revoloteando cual sobre campos de amapolas, se simulan mejor al encajarlas dentro de una escena de derrota como ésta. Donde no solo pierde la misma colectividad sino que queda en evidencia la potencia individual de la que habían disfrutado antes de que el colérico padre de los dioses los expulsara..." 


(De la carta que el pintor Cornelis Cornelisz van Harlem dirigió a su amante, la Duquesa de A., a espaldas del Cardenal Bonifatius Clementissimus, anterior benefactor de ambos. El cuadro se titula, y no por casualidad, La caída de los Titanes)






28 dic. 2013

EpiKuro




K. inquiere:
si vuestra es la entraña del pedregal, 
¿hacia dónde se dirige tan inquieta carrera?

(Ellas callan y al sonido de la voz de K. se dispersan)

K. otra vez:
tejed banderas nuevas, pues los hombres no saben 
sino ocuparlas de inútiles campos de gules





22 dic. 2013

La tentación frutal, de Capernius Gotenberg




"...Yo solía ver cada día aquella estampa de un viejo calendario en la pared de la cocina. El fogón crepitaba y a la luz de los rescoldos los efectos de la lámina se pronunciaban hasta alterar las caracterizaciones de los personajes. Según la intensidad de la lumbre el rostro melancólico del monje perdía su tristeza y la cara compungida de la beata se transformaba en un haz de luz que la transportaba. Cuando mi padre se había quedado dormido sobre la mesa, harto de aquel tinto peleón de la última cosecha, y mi madre, algo amodorrada también, se ocupaba con escaso garbo de los últimos quehaceres domésticos de la jornada yo permanecía absorto en la imagen. Envidiaba principalmente la variedad de fruta, algo no siempre conocido en la modesta pitanza de mi familia. Imaginaba que la copa de moscatel se me ofrecía y la cataba como cuando haciendo de monaguillo probábamos a hurtadillas el vino del cura. Más allá de aquel mantel blanco, las imágenes se me revelaban misteriosas. Que los rostros mutasen me resultaba cosa de brujas, pero que me pareciera advertir que las manos del clérigo y de la mujer gesticulaban inducían en mí una desazón a la que no lograba acostumbrarme. Una noche apareció por casa mi hermano mayor y me pilló abstraído frente a la hoja del calendario. Ah, pillo, me dijo, no le quitas ojo, ¿eh? Solo acerté a responderle: son las uvas, esa fruta y la comida que tiene que haber en la parte del mantel que no se ve. Él rió, y echó un pulso a mi inocencia: Siempre lo que más nos atrae es lo que no se ve, por eso conviene catar primero, así sabemos no solo si está en su punto el fruto sino si se conserva nuestro apetito. Yo no entendí aquello sino al pie de la letra. Después de tantos años no tengo delante la vieja lámina. Pero soy capaz de describirla palmo a palmo, aunque ahora falten las luces del fogón."



Fragmento de La tentación frutal, de Capernius Gotenberg hijo, basada en el cuadro El monje y la beata, del pintor Cornelis Cornelisz van Harlem.


13 dic. 2013

Reencuentro





Vergogna, vergogna, gritaba la mitad de Gregorio para justificar su ausencia. Tenías que haber dicho más bien scham! respondió en un turbio y oneroso alemán la otra mitad de su cuerpo, mientras se restregaba con la arista de una esquina. Lo diga de una manera u otra no he tenido vergüenza, es verdad, soltó el Gregorio más humano. Demasiado tiempo he tenido abandonado este jardín florido de relatos intrascendentes, mientras crecía tu costra. ¿A que más de una vez habías pensado que ya era todo tuyo, bicho inmundo? La mitad insecto de Gregorio no se da nunca por aludida, pues sabe que antes o después el hombre será de su especie en la totalidad. No tengo prisa, Gregorio, por mí puedes callar o seguir hablando; puedes quejarte o ensalzar; puedes injuriarme o hacer que me adoras. Estás destinado a ser yo. Cuando escucha al insecto demediado Gregorio se queda callado y se mira. Hoy he perdido un trozo de pierna, ayer fueron los dedos de los pies, hace unos días mis rodillas cambiaron la posición y su rotación es inversa...El hombre Gregorio repasa sus pérdidas mientras el monstruo ex Gregorio le contempla con unas órbitas diferentes y aletea con sus tentáculos peludos. La próxima vez no tardes tanto, dice apenado el nuevo Gregorio al antiguo. Te he traído una flor de mi viejo mundo, le dice el Gregorio hombre. Dicen que hay que apaciguar a los monstruos o cantando o haciendo sonar música o trayéndoles una hermosa flor. Dank! Dank!, repitió el ser extraño que ya no sabía qué era una flor. Tal vez este obsequio no podrá parar que tú acabes siendo yo, pero acaso ni yo llegue a ser el engendro para lo que parece que voy destinado. El recién llegado habló enternecido: ¿Te parece que coloque la flor en un jarrón de vidrio, mi otro Gregorio? Pero el Gregorio parásito se había contraído, anhelando no avanzar un milímetro más de aquella posición.





7 jul. 2013

La cajita de secretos, de Marcel Le Chant




"...Era de secretos hasta hace poco, pero ya no lo es, no lo es porque he decidido que los demás sepan lo que contiene, y quiero que lo sepan para que compartan, y compartir no es decirlo solamente, no, lo voy a dar todo, aún no tengo pensado cómo, tal vez a los chicos de la escalera les ceda las canicas, los sellos a la niña lista de la casa de en frente, que además de lista me besó un día y prometió besarme más veces si le seguía dando más sellos, los plumines pues tal vez uno a cada uno de mis colegas de la escuela, los clips lo tengo fácil, seguro que los más díscolos me lo agradecerán, saben hacerlos volar como nadie con unas gomas que estiran desde su pulgar e índice en ristre, el tintero no sé si darlo porque siempre he tenido unas ganas irreprimibles de volcar a propósito, hasta ahora  se nos caían, nos castigaban tened más cuidado, a ver qué hacéis, limpiaros, guarros, mil y un improperios, y mala conciencia y chivateo al hermano mayor que era como decir a los padres, y no obstante el fallo y el castigo cada vez que a alguno de nosotros se nos caía la tinta al rellenarlo o el tintero completo, añicos y manchón generalizado sobre el terrazo de la clase, cada vez que un suceso de ese tipo alteraba la monotonía de las interminables horas yo sentía un placer oculto, prohibido, y me reservaba cometer una fechoría adrede alguna vez, y en esta mira que tengo la ocasión, porque nadie puede decirme nada, el tintero es mío, el curso ha terminado, me cambian de liceo porque no me quieren en el que he aguantado hasta ahora, no me quieren porque dicen que además de no aprender soy un provocador, y para demostrarme que lo soy de verdad quiero quemar las naves, así que el tintero puede que vaya directo a la cabeza del director amargado de ese colegio de niños perfectos que no me quiere más, solo pensar en la acometida, en cómo aterriza el tintero sobre monsieur Glouton, y la tinta invade su rostro hosco y le resbala por el cuello de la camisa y por la corbata y convierte su traje gris marengo en azul oceánico, solo por ese espectáculo noble porque tomarme la justicia por mi mano tiene mucho de nobleza, y que nadie interprete que de venganza, habrá merecido la pena la ejecución de un goce preservado en mi interior discretamente, de un gesto de valor que puede sentar precedente pero para mí será un signo de que ya no soy un niño sino que sé asumir responsabilidades, necesito repartir todo, necesito crecer, ¿no quieren que me haga mayor, que madure, que me aplique?, me quedan esos tipos de letras de mi tío Armand, el que trabajó en una imprenta hasta quedarse ciego y pasarlas canutas cuando los boches invadieron el pueblo y le buscaban un día sí y otro también para culparle de todas las hojas volantes que corrían por ahí, de vez en cuando el tío Armand me regalaba tipos, me gustaba leer las letras al revés, así aprendí el alfabeto y eso marca, marca para ir a la contra, y no sé qué hacer con ellos, no los daré, será lo único que salve, porque en la vida, como dice Callot, el ferroviario, hay que guardar algo que te indique el camino."  

Fragmento de La cajita de secretos, de Marcel Le Chant, seudónimo de un extraño escritor que dicen que vive en la Melanesia.



(Imagen de Michael Kirkham) 



21 jun. 2013

EpiKuro




















K. pregunta:
¿De dónde manas? ¿De qué curso subterráneo procedes?

(El silencio ocupa el espacio entre lo de arriba y lo de abajo)

K. insiste:
¿Vas a fluir sin que yo pueda hacer nada por detenerte?

(K. se hace a un lado por el arrebato impetuoso de la corriente. Ésta sigue su carrera)




(Imagen cedida por Marváz)

13 jun. 2013

La feuille rouge de Viktor Dadidovich



"Siempre sentí fascinación por las hojas rojas", comenta el fotógrafo ruso Viktor Dadidovich, asentado en Mulhouse, cuando se le inquiere por el origen de su obra. "Creo que como todos los que nos dedicamos a este tipo de trabajos, yo me inicié desde la infancia con la observación. Las hojas y las plantas son el mapamundi de todas las geometrías que habitan en este mundo", sigue diciendo. "Por supuesto que hay muchas más: dentro de las vísceras de los animales y de los hombres, en las rocas, en las bacterias, en todos los microorganismos o en el simple transcurso del cielo o bien el juego de luces y sombras". Cuando se le hace hincapié en la abstracción de las formas que los hombres practican desde la antigüedad no duda en tildarlo de idealidad mágica. "Ya sé que es un concepto redundante y puede sonar tópico, pero yo me entiendo. Esos mismos artistas que fundieron formas y colores en una obsesiva persecución de la representación formal lo hicieron muy bien. Lástima que resulten frías las imágenes en una primera percepción. Por eso quiero introducir la hoja roja, es una especie de matrimonio entre el cielo y la tierra, que diría William Blake."









30 may. 2013

El extraño invitado, de Max Solarius




(...) "Mi modesta opinión al respecto, herr Adrian", dijo el Doktor Faustus, "es que la Historia no existe. Al menos no existe en singular y probablemente tampoco en mayúscula. Que la historia es un vivir cotidiano no le cabe duda ni al más humilde de los siervos de nuestros imperios. Que la historia es innombrable tampoco resulta nuevo para cualquier observador sincero de lo que nos rodea en estos tiempos." 

Herr Adrian apuró su copa de exquisito y dulce Beerenauslese de la variedad Riesling y le inquirió: "¿Usted no cree entonces en la existencia de la historia como disciplina ni como método de análisis?" Nuestro preclaro visitante saboreó el vino paralelamente a sus palabras. "Por supuesto que me resulta difícil de aceptar algo que suponga más que una mera relación de acontecimientos, por muy complejos y farragosos que estos sean, pero no deberíamos desdeñar el valor ilustrativo de lo que suele narrarse como si hubiera acontecido."

Como quiera que a Herr Adrian no le resultaran convincentes estas aseveraciones pidió a Doktor Faustus que se explicara con más claridad."Mi querido Herr Adrian, la historia es un invento perpetuo en el transcurso de las relaciones humanas. Nada de lo que se cuenta desde los tiempos más remotos ha tenido lugar. Cuando no existían documentos las fuerzas oscuras de la humanidad o, si lo prefiere, de sus sociedades hacían circular versiones del pasado con arreglo a sus necesidades de justificar y preservar la perdurabilidad de esos poderes secretos. Desde que los testimonios escritos abundan y redundan en exceso solo sirven para fabricar textos que se vendan con facilidad para entretenimiento de las gentes carentes de imaginación. De la oralidad dominadora hemos pasado a la escritura manipulada. A veces conviene dudar hasta de los nombres. Convénzase: nada ha sucedido que merezca la pena constatarse como historia. Ésta nace para activar la industria de las artes gráficas y consolar a nuestras modestas clases medias que todo lo quieren saber sin que nada puedan procurar y menos prosperar."


(De El extraño invitado, supuestamente escrito por Max Solarius, y editado en 1848 en Prag)