"Cuando me propuso subir en su moto para conducirme al lugar del suceso, yo dudé. No acostumbro a ir en moto, y menos sin casco, e hice como que me resistía. No seas miedoso, conozco París palmo a palmo, dijo la periodista. Llegaremos antes que nadie y la exclusiva será nuestra. Invocó la expresión seductora: la exclusiva.
Me sorprendió que me metiera en el ajo diciendo: nuestra. Sabiendo ella que mi intuición investigadora es deficiente por no decir nula. Sonreí y ella señaló el sillín trasero. ¿Cuántas veces te has inventado la exclusiva?, susurré a su oído mientras ella retorcía el motor para salir vertiginosos. Pues otra más, gritó, y sus cabellos cegaron mi mirada, pero me aproximaron a su chupa de cuero. Sujétate a mí fuerte, ordenó. Fui obediente. Eso sí, qué diferente es asirse a una mujer a cien por hora de la lenta y amable sujeción a una cintura plácida y agradable que nos conduce a otra clase de vértigo, pensé.
Sé lo que pasa por tu mente en este instante, dijo la periodista mientras hacía bramar la moto y partíamos hacia lo desconocido. Porque lo desconocido tiene muchos rostros, me dije, y puede estar en el objeto que ella persigue o en otras manifestaciones colaterales que acaso a mí se me brinden. La repliqué: lo que pasa por mi cabeza ahora es la agitación que voy a tener si te lanzas. Me llegó su risa en el punto mismo de acelerar. Cobarde, dijo, y rugió al unísono con la máquina".
Un comienzo de motards para una novela cuyas escenas se mueven a cada paso entre dobles sentidos. Y una nouvelle que los críticos llaman con cierto desprecio de iniciación, pero donde la iniciación no se queda ni en el estilo ni en el argumento. Sabine du Boncoeur, a quien este comentarista anhela conocer en persona en la presentación del libro, juega en La motard de Montreuil a la tentación de hacernos creer lo que se escribe y a la vez a las ganas de tirar por la borda el texto cuando nos parece que se sume en contradicciones. "He querido escribir una novelita de contradicciones, afirmaba Duboncoeur en una entrevista en La douce vie, aunque se perciba exagerada y deshilachada, porque así es la vida humana".
Otro aporte de la novela: "Los humanos están continuamente aparentando poner orden en sus vidas. En cada comunicación con el otro primero emiten con urgencia un juicio que, o bien es recolocado por el interlocutor, o simplemente ignorado, o bien ellos mismos corrigen sobre la marcha al darse cuenta de la debilidad que contiene lo que están diciendo".
¿Es este tira y afloja en el saco de los pensamientos lo que sorprende tanto a la escritora? ¿O el mal que puede derivarse de emitir palabras no reflexionadas que conllevan desencuentros cuando no violencia? No hay una perfección estilística en La motard, pero al menos sí un ritmo impetuoso dispuesto a cuestionar alocadamente las falsas conductas morales de nuestros bien instalados conciudadanos.
La motard de Montreuil ha sido editada por Éditiones de la moquerie. Próxima edición en nuestro país.

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