31 ago. 2015

La ácida viña del Señor, nueva edición del célebre anónimo del siglo XVIII




"Cuando Jean-Ferdinand Watteau, a quien durante interminables meses la familia le daba por muerto, se despertó de aquel letargo profundo causado por el terrible accidente de caballo, relató su sueño. Pero con una novedad. Que no lo narraba como algo onírico sino como un viaje físico que hubiera realizado con plenas facultades. La diferencia estribaba en que si bien en un sueño ordinario domina lo inconexo y los saltos desorganizados, donde los matices revueltos se imponen al eje de los acontecimientos, en su experiencia ausente establecía un relato riguroso donde se vertebraban planes, territorios, desplazamientos, individuos, costumbres y pasiones en un orden argumental tan preciso que parecía haber sido producto de un diario meticuloso."

Así comienza La ácida viña del Señor, extraño libro de relatos del siglo XVIII que ahora ha rescatado la editorial occitana Les Quatre cents coups. Las narraciones, que en el cuerpo del libro se brindan como historias que acontecen en diversos espacios de la Europa donde crecía imparable el fermento de la Ilustración, juegan con el elemento visionario de quienes, como el desconocido autor, anhelaban la implantación de una cultura más libre, el impulso de sectores sociales dinámicos, el fin del oscurantismo religioso y la defenestración del absolutismo político. En este sentido, la familia que rodea al hombre que emerge del coma profundo, adquiere un simbolismo metafórico. Encarnaría a las viejas fuerzas de la reacción que, por una parte, temen el despertar de las nuevas ideas, pero por otra se mantienen expectantes por si tienen que adaptarse a tiempos en los que pueden tener mucho que perder.

Pero, más allá de ese mar de fondo atractivo, lo interesante reside en la vena erótica e iconoclasta por donde el autor anónimo serpentea y cautiva al lector. No es extraño que utilice el recurso de ciertos pasajes bíblicos para divergir por ellos y recrear escenas absolutamente novedosas, donde no se regatean crítica a los poderes paternales o se valora al individuo, principalmente a quien históricamente ha permanecido subyugado: la mujer.

"...Aprovechando la siesta de su marido la mujer de Job salió al campo de majuelos. Allí habitualmente se sentía libre, emancipada, y la belleza de los racimos maduros la invitaban a una ceremonia con la naturaleza, que ella aceptaba. Se despojó de su vestido, cortó algunos racimos que colgó sobre los hombros y dejó caer sobre sus senos, mientras la hoja de vid se enredaba en sus cabellos con una fuerza posesiva. El sol en su cénit hacía el resto. La mujer se sentía en aquel momento en una consagración plena donde era diosa y a la vez sacerdotisa. No necesitaba a nadie más para gozar del aire, de los granos de la uva y de su cuerpo en pleno ardor. Una sensación etérea la arrobaba y aquella parcela de cultivo le parecía un templo donde ella emergía exclusivamente como materia pura de mujer."



(Imagen de Malika Mokadem)


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