21 abr. 2013

El cisne negro, de Aube Mondrian







"El Doctor Auguste de la Rivière Blanchot solía desplazarse diariamente, después de finalizado su trabajo vespertino en el Hôpital des Âmes Perdues, a cierto piso de la Rue des Petites-Ecuries. Allí se encontraba con su amiga Milena, nombre fingido de una mujer procedente de Alsacia que atendía las necesidades de los desamparados en el entorno de Faubourg Saint-Denis. Tales citas las ejecutaba el mencionado doctor con absoluta discreción, para lo cual nunca pedía un taxi que fuera directo desde su consulta hasta el piso de Milena, sino que próximo a Opéra cambiaba a otro vehículo con la plena normalidad que otorga la costumbre de quien se sabe obrar en aras de la propia gratificación personal.

De esta manera se comportó Auguste de la Rivière Blanchot durante un período extenso de su vida, hasta que un día al presentarse en el lugar de encuentro convenido se encontró con Aria, una mujer varios años más joven que su amante, quien le dijo que Milena había vuelto a su tierra y que ella estaba allí para sustituirla. No solo para compensar el abandono imprevisto de la alsaciana, añadió con suma bondad, sino para procurar aumentar, en la medida de lo posible, el bienestar de aquel importante doctor de uno de los más prestigiosos centros asistenciales de París.

El doctor, que aquella tarde estaba especialmente cansado por la atención a los pacientes y las peleas ordinarias con sus superiores del centro, simuló estupor. Se sentó, pidió una copa de Charlemagne y respiró profundamente.

- Eres muy joven, Ara, interpeló a la mujer imprevista. No sé qué haces aquí.¿De dónde vienes?

- Me llamo Aria, Aria, y nací en La Réunion. Le diré, si me lo permite, que no debe preocuparse por ello, señor. Milena me ha puesto al día en lo que concierne a sus gustos y apetencias.

- Claro, Aria, y yo estimo mucho que te esfuerces en ese interés por mí. Pero debes entender que tu presencia es también una novedad en mi rutina. Es la irrupción de lo inesperado. La desconexión con aquello a lo que estaba habituado. Yo a Milena la quería, no es una manera de hablar. Tanto tiempo recibiéndola y ella compensándome que había suscitado en mí una forma de querencia inaudita.

- Yo sabré ser receptiva, señor. Le escucharé, seré discreta, permaneceré pendiente de sus palabras y aprenderé sus sugerencias. No quiero que se sienta usted huérfano de nadie. Pero ahora, dígame que no me expulsará, quiero escuchar de su voz que seré útil para usted y que podremos llegar hasta el punto en que usted amó a Milena.

- Ay, amiga mía. Si el amor fuera un simple acuerdo, una condescendencia e incluso un compromiso que por sí mismo garantizara llegar a buen fin..."


Este comienzo, aparentemente desesperanzado y tibio, de la novela El cisne negro, de Aube Mondrian, no augura un relato erótico al uso. Ni siquiera traza las líneas de una historia de amor con sinceridad y entrega. Más allá de los personajes cínicos que entran en escena, el autor pergeña una especie de tratado de saber vivir. En un determinado momento de la narración, Aria le dice al doctor:

"- ¿Cree que envidio a su esposa, por disponer formalmente de usted y por la seguridad material en la que se hallan instalados, señor mío? En absoluto.Me siento desposada por usted cada atardecer, y saber que al día siguiente volveré a hallarme entre sus brazos me hace fuerte. Tú me correspondes, le dijo saltándose la cortesía habitual, por todos los seres que se han aproximado a mí sin darme jamás ternura".

La novela, que ha visto la luz en la editorial Les dernières pages de la vie, aparecerá en breve en nuestro país.




(La preciosa fotografía es obra de Laure Albin-Guillot)



8 comentarios:

  1. Vaya!!! Promete esta novela.
    Saludos.

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    1. Eso, que prometa, que prometa. Buena jornada.

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  2. una sipnosis genial, gracias
    saludos

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    1. ¿Sabes, Omar? A veces me pregunto si el mundo y la vida son una sinopsis o una extensión ilimitada.

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  3. No sabia yo que se traspasaban los amantes, :)
    Saludos.

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    1. Celestina sabía de traspasos y cosas más arduas todavía, ojo. Las posibilidades que pueden hacer realidad los humanos son inmensas.

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  4. Por la rendija asoma el todo. De la novela. De la materia humana.

    Brillantes pizcas.

    Saludos.

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    1. Rendija: desestructura. La rendija os hará libres, dijo el profeta.

      Gracias por parar aquí.

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