14 feb. 2014

Risas cadavéricas, de Paul Deathansen




"¿Quién dijo que los cadáveres sonríen? Y sin embargo muestras hay. Cadáveres de la publicidad de revistas y paredes de otro tiempo lo avalan. Pero yo no iba por ahí. Siempre me he preguntado de qué ríen los difuntos yacentes. Mi vecino el investigador esotérico me ha dicho que las muertes no son nunca muertes del todo, ni del instante, ni siquiera cuando los cuerpos se enfrían. Por supuesto, nada lo avala, pero está convencido, probablemente para justificar su negocio bien nutrido de incautos que recurren a él con objeto de saber lo que les pasará sin que hagan nada por evitar que les pase. Y para qué voy a llevarle la contraria; no quiero que me acuse de ir contra la libertad de mercado, pues, al fin y al cabo él defiende sus teorías como producto y las tiene hasta registradas legalmente. 

Alexis Livitnius, embalsamador de la avezada Johnson Funeral Home, con quien tengo el placer algunas noches de charlar cuando hemos salido de nuestros respectivos trabajos, es de la opinión más al uso. Los muertos están bien muertos, me comenta, pero se crea en ellos una secuela, un ligero eco de la vida, como si quisieran prolongarla cuando ya no son nadie; vamos, que ni son. Lo que sucede es que se produce una relajación tal de los músculos que hasta que no les encajo bien la mandíbula parecen reírse de uno. Luego sí, llega ese hieratismo que la gente ve cuando acude al oficio de despedida. Naturalmente, en la puesta en escena y exhibición del difunto él apenas cuenta. Los artistas somos los maquilladores, presume echando uno de sus tragos ansiosos de Bourbon. 

El padre Jacynthus, que suele visitarme una vez a la semana para ofrecer sus servicios, sin que hasta la fecha esté obteniendo su esfuerzo fruto alguno, nada y guarda la ropa respecto al tema. No se limita a decir que el cuerpo se corrompe tras la muerte y que el alma flota eternamente, sino que ésta procura desde instancias que él no puede precisar, por el bien de quienes le han querido en vida. Y si el alma ha alcanzado el cielo resulta también benévola con aquellos que perjudicaron al fallecido.  

Aprecio por su manifiesta bondad al padre Jacynthus, pero no estoy tan seguro de que él tenga una actitud recíproca conmigo. No solo porque no me acojo en absoluto a sus recomendaciones sino porque en diversas ocasiones le he despedido con cajas destempladas. La eternidad va a ser tuya, hijo, me dijo el otro día, pero tienes que firmarme este documento de retorno al redil. Yo solté una estruendosa carcajada. Pero, padre, le respondí ¿de verdad cree que a estas alturas estoy por hacer negocios con nadie? Y él va y me dice: pero es el gran negocio de tu alma, hijo. A la segunda carcajada comenzó a salir sangre por mi boca, mis ojos quedaron poco a poco en blanco y mis miembros desfallecieron. Vi cómo esgrimía con una mano un papel y con la otra se aprestaba a hacer cierto signo sin mi permiso. Carecía yo en ese instante de fuerzas para detenerle el brazo y romper su mercantil papeleo. Aún insistía: va a ser tu gran inversión, hijo mío, el gran acierto de tu vida. No sé de dónde me salió la fuerza, pero el estallido incontenible de una nueva risa le espantó y cayó hacia atrás, pronunciando unas frases en una lengua antigua si no bárbara. Cuando llegaron las enfermeras a recogerle del suelo estaba rígido y no hubo manera de que soltara el papel cubierto de mis espumarajos sanguinolentos."   





Fragmento del libro de relatos Risas cadavéricas, de Paul Deathansen. Traducción de Vinilia Lecumberri. Edita Fantasias de ayer y hoy. La fotografía inferior pertenece a L. Pomés.

  

8 comentarios:

  1. Yo creo que pasado el susto, los muertos se carcajean a mandíbula batiente de los vivos.

    Saludos

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    1. Naturalmente, esa es otra parte del libro...de la vida (y de la nada)

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  2. Excelente. Morir debe ser lo mismo que vivir, todo un proceso.

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    1. Y quién sabe si también un procedimiento, Garriga.

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  3. El misterio de la muerte.
    Saludos.

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    1. Si pudiéramos reírnos a posteriori...

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  4. Genio y figura! Firmo lo de sacar fuerzas cuando llegue para reírme.
    Genial

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    1. Por si acaso apúntate a hacerlo antes del postrer instante, porque en esas circunstancias sospecho que no valdrá lo de "quien ríe el último..."

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