18 dic. 2012

La palmera seca, de Hafiz Rassam



Toda mirada de mujer es larga. ¿Quién dijo que no lo era? Solo aquel o aquellos que pretenden ignorarla. No es larga solamente en la intención de lo que trata de abarcar sino sobre todo con respecto al tesón e insistencia en no variarla mientras no cambian las circunstancias que son objeto de su interés. Es lo que parece transmitirnos la protagonista de La palmera seca, una obra olvidada del poeta sirio Hafiz Rassam. 

No miro más allá de mi chaddar
ni huyo dentro de él
sino que espero mi erosión
para acabar en arena
que nutra y recorra el desierto.

Que el poemario comience con esta especie de rubaiyat da idea del tono de pesimismo, mas no de renuncia, que se advierte en la primera parte de la obra. Constancia de una condición, sometimiento patriarcal, crecimiento en la aceptación pero también en la expectativa, alientan un conjunto de hermosas composiciones que crecen sobre sí mismas. Hay una segunda parte en que el tono adquiere otra dirección. La joven que va creciendo, que supera la infancia como mezcla de fantasía y acatamiento callado, mira el exterior a través de informaciones e historias que van llegando a su pequeña aldea. Donde se habla de otras costumbres, otras relaciones, otras aspiraciones de las mujeres que habitan más allá del territorio al que ella parece estar condenada a vivir toda su vida.

No quiero ser una palmera seca.
Si las aguas generosas fecundan el oasis
¿por qué no puedo ser yo un juncal fértil
o el humedal mismo en el que me sacie?

La mujer que ya se reafirma mira detrás, intuye lo que se abre delante de ella y sueña por las noches desde la soledad en la que contempla el cielo. Sabe que hay propuestas. Que si otros viajan, ella puede hacerlo también. Que si sale de la aldea, se libera también del casamiento pactado y ajeno a su voluntad. Que si prueba otro mundo se despide para siempre de sus raíces. Pero, ¿qué interés pueden tener unas raíces que la condenen a no reconocerse a sí misma?

Si las estrellas señalan caminos de otras estrellas,
si el viento se desplaza sin detenerse,
si los hombres conquistan paisajes negados a nosotras,
¿no puedo yo seguir al astro, al viento
o a cualquier hombre que no me ate?

Se agradece la edición a cargo de Omar Baruk, traductor también de la obra. Ediciones de los viejos sueños.





(Imagen de Marváz)



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