10 dic. 2012

La novela blanca, de Hans W.Hohenzörn




















El título es equívoco. La novela blanca no es un canto a las prescripciones arias de la época nazi ni hace referencia a la vida en un hospital de alta montaña. El autor lo eligió como recordatorio de una situación de crisis que le había sumido en una profunda confusión que requirió cuidados. Se ha dicho que incluso hubo un intento de suicidio, pero él mismo lo negó más adelante afirmando que si bien el tratamiento impidió que se agudizara la crisis, fue la idea de escribir una nueva novela con un nuevo estilo y objetivos, partiendo de la nada, del cerebro en blanco, como gustaba decir, lo que le salvó definitivamente.

También se ha dicho, y no sin fundamento, que Hohenzörn simpatizaba a su manera con el Reich, lo cual le habría permitido editar la novela sin censuras previas. Sobre simpatías o simple guardar la ropa que muchos ciudadanos alemanes practicaron durante los años de hierro se han emitido demasiadas opiniones, sin que siempre haya quedado clarificada la situación por la que obró cada cual en una situación de extremo riesgo incluso para los de casa (en palabras del mismo autor) El caso es que Hans W. Hohenzörn pudo publicar y difundir cómodamente su obra, mal entendida por la crítica vigilada de su tiempo, si bien aplaudida por los corifeos del régimen. 

La novela blanca pretende ser una respuesta tanto a cuantos pontifican sobre la necesidad de la salvación como a los que ponen en entredicho que haya algún tipo de posibilidad de salvarse. En esa línea propuesta, el autor es sumamente castigador de la mejor tradición clerical luterana que, si bien aliada del gobierno, no es lo suficientemente respetada por éste. Pero también lo es de todos aquellos intentos modernos y metailustrados, que creen ver en el arte que desintegra la realidad el modo de no afrontar los desafíos que prescribe la Historia. Mito éste, por cierto, muy en boga en aquellos años. El protagonista de la novela, un hombre de mediana edad que se ha ido construyendo a sí mismo, rompiendo primeramente con su pasado excesivamente oneroso en materia religiosa, siente que los años de plenitud vital le exigen también una manifestación abierta, rompedora y, hasta cierto punto, transgresora en todo tipo de pensamiento y conductas. Lo cual le lleva a vivir en una espiral de situaciones en las que no encuentra satisfacción, pero sabiendo que no es posible una marcha atrás, porque las arrugas y el cansancio pueden disimularse, pero la amargura de lo inalcanzable te corroe las entrañas, como confiesa el protagonista en el momento álgido del libro. 

Lo cierto es que Hohenzörn se hallaba más próximo a las realizaciones y filosofía del expresionismo que a cualquier proyecto religioso de signo protestante o católico. Si no optó en su momento por una definición literaria progresista no fue solo por pánico, sino también por no encontrar su espacio y su modo de expresarse. Que no se dejó llevar al huerto por la simbología del NSDAP, lo prueba el hecho de que miró cínicamente en otra dirección, y en este sentido se aferró a una especie de redescubrimiento del neoclasicismo que, al menos, le justificaba ante las autoridades y le liberaba de soportar los horrores estéticos y mediocres que imponían los cuadros y las masas seguidoras del nazismo (sic en sus póstumas Memorias innombrables)

Los fervores de los que gozó la novela en la Alemania hitleriana fueron el obstáculo que la hicieron desconocida para las nuevas generaciones durante décadas. Su rescate llega hasta nosotros de manos de Ediciones Babélicas.




(Imagen: Hans Finsler)


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