1 ene. 2017

La huida




Fue de madrugada cuando sintió un dolor fuerte en el costado. Cambió de postura y el dolor pasó al otro costado del cuerpo. Buscó la manera de amortiguar aquel pellizco que se iba haciendo más intenso y nómada. Boca arriba será mejor, se dijo. Respiró profundamente y se tapó con las sábanas. Pero el dolor escaló desde lo profundo de su abdomen. Será que es un dolor celoso de su libertad y necesita manifestarse. Le concederé un margen de credibilidad, pensó. Pero un dolor no es precisamente un amigo y por más que el hombre intentaba dialogar con su mensajero aquél no se avenía a negociar. Verás ahora, pensó. Giró con brusquedad y se dejó caer pesadamente sobre su barriga. Fueron unos instantes largos de alivio. Ya te he sepultado, ya estás sometido, de ahí no saldrás, dijo el paciente accidental al eco de su dolor. Permaneció a la escucha o, mejor dicho, atento al silencio de sus vísceras. Contó los segundos, treinta y cuatro, treinta y cinco, y así hasta que traspasó el minuto, un tiempo para él suficientemente representativo. Toda su vida había considerado que si una molestia se aplaca transcurrido un minuto ya no es dolor lo que a continuación puede sentirse. Un argumento absurdo, pues lo que sucedía casi siempre a un dolor era otro dolor más horroroso que el anterior. Sin embargo o había contado mal o la filosofía del dolor no atendía a razones temporales. De pronto sintió toda su tripa como si fuera una rueda de cuyo centro emergían radios virulentos en todas las direcciones amenazando con extenderse a otros órganos. Sacrificaré el descanso, vibró el hombre. Pasaré la noche de pie. Se alzó con brusquedad, sin ocultar su enfado con aquel dolor camaleónico que le buscaba las cosquillas pusiera como pusiera su cuerpo. Las baldosas estaban heladas pero el alivio fue instantáneo al erguirse. Su cansancio dificultaba el equilibrio si bien la ausencia del mal bien merecía un esfuerzo. Llevaba poco rato en aquella posición cuando las piernas se le empezaron a hinchar. Una presión aguda descendió por las pantorrillas hasta los tobillos. El hombre hizo unos ejercicios ágiles, acompasados, alzando primero una pierna, luego la otra. Alternaba los movimientos como si se tratase de soldado en una parada de gala. Con el ritmo parecía aminorar aquel escozor desagradable. Pero empezó a sentirse agotado. Fue parar y comenzar a quejarse de una pesadez que atenazaba los nervios de sus pies y los taladraba. Recogió una pierna para liberar una parte de dolor pero se mantenía con tal dificultad sobre aquella en la que se apoyaba que su cuerpo se vino abajo. Se vio caído en el suelo, en actitud lastimera, desconcertado. Que poco vale uno, acertó a decir a las patas de la cama, de la cómoda, al bacín de debajo de la mesilla. Allí, en la postura desastrada que le había dejado el batacazo, preocupado más de la imagen que se estaba dando a sí mismo el hombre se olvidó totalmente del dolor. Entonces el dolor se sintió rechazado, herido en su orgullo, consideró el olvido un desdén y huyó precipitadamente del hombre. Pasaron varios días hasta que el cuerpo del hombre, antaño pulcro y altanero, fue encontrado entre orines y suciedad. Desde cuándo está aquí este cadáver, dijo en tono malhumorado el juez de guardia a los policías que le habían sacado de una cena con la crème de la crème de la sociedad local. 



(Cuadro La mosca, de Lorenzo Goñi)