7 jul. 2013

La cajita de secretos, de Marcel Le Chant




"...Era de secretos hasta hace poco, pero ya no lo es, no lo es porque he decidido que los demás sepan lo que contiene, y quiero que lo sepan para que compartan, y compartir no es decirlo solamente, no, lo voy a dar todo, aún no tengo pensado cómo, tal vez a los chicos de la escalera les ceda las canicas, los sellos a la niña lista de la casa de en frente, que además de lista me besó un día y prometió besarme más veces si le seguía dando más sellos, los plumines pues tal vez uno a cada uno de mis colegas de la escuela, los clips lo tengo fácil, seguro que los más díscolos me lo agradecerán, saben hacerlos volar como nadie con unas gomas que estiran desde su pulgar e índice en ristre, el tintero no sé si darlo porque siempre he tenido unas ganas irreprimibles de volcar a propósito, hasta ahora  se nos caían, nos castigaban tened más cuidado, a ver qué hacéis, limpiaros, guarros, mil y un improperios, y mala conciencia y chivateo al hermano mayor que era como decir a los padres, y no obstante el fallo y el castigo cada vez que a alguno de nosotros se nos caía la tinta al rellenarlo o el tintero completo, añicos y manchón generalizado sobre el terrazo de la clase, cada vez que un suceso de ese tipo alteraba la monotonía de las interminables horas yo sentía un placer oculto, prohibido, y me reservaba cometer una fechoría adrede alguna vez, y en esta mira que tengo la ocasión, porque nadie puede decirme nada, el tintero es mío, el curso ha terminado, me cambian de liceo porque no me quieren en el que he aguantado hasta ahora, no me quieren porque dicen que además de no aprender soy un provocador, y para demostrarme que lo soy de verdad quiero quemar las naves, así que el tintero puede que vaya directo a la cabeza del director amargado de ese colegio de niños perfectos que no me quiere más, solo pensar en la acometida, en cómo aterriza el tintero sobre monsieur Glouton, y la tinta invade su rostro hosco y le resbala por el cuello de la camisa y por la corbata y convierte su traje gris marengo en azul oceánico, solo por ese espectáculo noble porque tomarme la justicia por mi mano tiene mucho de nobleza, y que nadie interprete que de venganza, habrá merecido la pena la ejecución de un goce preservado en mi interior discretamente, de un gesto de valor que puede sentar precedente pero para mí será un signo de que ya no soy un niño sino que sé asumir responsabilidades, necesito repartir todo, necesito crecer, ¿no quieren que me haga mayor, que madure, que me aplique?, me quedan esos tipos de letras de mi tío Armand, el que trabajó en una imprenta hasta quedarse ciego y pasarlas canutas cuando los boches invadieron el pueblo y le buscaban un día sí y otro también para culparle de todas las hojas volantes que corrían por ahí, de vez en cuando el tío Armand me regalaba tipos, me gustaba leer las letras al revés, así aprendí el alfabeto y eso marca, marca para ir a la contra, y no sé qué hacer con ellos, no los daré, será lo único que salve, porque en la vida, como dice Callot, el ferroviario, hay que guardar algo que te indique el camino."  

Fragmento de La cajita de secretos, de Marcel Le Chant, seudónimo de un extraño escritor que dicen que vive en la Melanesia.



(Imagen de Michael Kirkham)