30 abr. 2013

Las miradas hipnóticas de Franz von Stuck




Karl Lüdwerg Hohenzöllern, biógrafo del pintor simbolista Franz von Stuck, insiste en que el pintor estaba dominado cíclicamente por una corriente hipnótica. "No es que todas sus obras tengan una correspondencia con los procesos terapéuticos que se iban conociendo y de los cuales en ocasiones participaba  -afirma Lüdwerg en su obra Mythologischen Blick Franz von Stuck-   sino que las fuentes del mundo clásico suponían para el pintor bávaro una fijación que le conducía a identificaciones imposibles de desarrollar en el mundo real".

¿Fue esa misma fascinación la que llevó a los exaltados del nuevo orden instalado en 1933 a considerar la obra del pintor simbolista como digna de reconocimiento? Habla de nuevo el biógrafo: "En absoluto Von Stuck era uno de los suyos. Incluso murió antes de que accedieran al poder los NSDAP. Los partidarios del nuevo orden no tenían una estética original. Su recurso al clasicismo más frío no era tanto una apreciación del arte antiguo como una necesidad de secuestrar símbolos que consideraban particulares emblemas de su valor con un enfoque claramente propagandístico y doctrinal".

En cierta ocasión pública una joven interrogó a Von Stuck acerca de su obsesión por las miradas hipnóticas. "¿Quiere una respuesta extensa o una muy precisa?", dijo el pintor. Y la joven: "Oh, no es necesario que se alargue mucho en su razonamiento. Con algo suficientemente convincente me conformo". A lo que el residente de Munich contestó con extraordinaria agudeza: "Entonces, deje la copa y míreme profunda y fijamente a los ojos".





27 abr. 2013

Las maravillas que no cesan de manifestarse




De sarcasmo post mortem, lo han calificado los filólogos y críticos de literatura. Y en efecto, se trata de una sorpresa, una pulla, una ironía indescifrable que ha permanecido oculta ciento cuarenta y ocho años al menos. Registrado en un sánscrito primitivo, ha sido hallado por el investigador Alexis Aiwan, modesto archivero en Norfolk, un manuscrito que se supone inspirado por Lewis Carroll. Se trataría de una historia epilogal del famoso libro del escritor nacido en Cheshire que está confundiendo a cuantos han sido recabados para exponer su criterio.

Tachado de fijación zoofílica, de broma de mal gusto, de atentado contra las mejores tradiciones de las letras británicas, por unos, de inaudita imaginación y fresco saber provocador, por otros,  nadie acierta, sin embargo, a entender cómo puede estar escrito en caracteres de otro alfabeto y además apenas reconocibles hoy día, un episodio breve pero demoledor en que el encantador personaje de Alicia se vería conmovido en la interpretación tradicional. ¿Conocía Carroll el sánscrito? ¿Encargó su transcripción a un nativo indio o cingalés? Y en este caso, ¿cómo fue posible que sobreviviera un escribiente de unos caracteres superados ya por su propio alfabeto moderno? ¿Algún miembro de ancestrales sectas que cultivan todavía la preservación de las lenguas frente a influencias modernas que consideran sacrílegas? 

Varios campos de escepticismo y de interrogación se abren. No ya tanto se trataría de que Alicia y sus aventuras dispongan de un turbio capítulo que se supone final (¿habrá más novedades aún recónditas?) sino que establecería una especie de puente, subterráneo como es de rigor en este caso, eso sí, entre culturas, creencias esotéricas y manifestaciones paralelas que utilizarían lenguas bárbaras para expresar emociones, afectos y conductas desinhibidas, y que el puritano lector medio de la época en que fue publicado el libro de Carroll no estaba dispuesto a admitir.

Por supuesto, el número de los detractores no es menor que el de los admirados. Si aquellos plantean tapar rápidamente lo que ellos consideran un fiasco, los siempre exigentes partidarios de la innovación desean que la situación se aclare también a la mayor brevedad, pero siempre con la evidencia de qué margen de verdad o de falsedad puede haber en el texto. "Si esta aportación es realmente de Carroll  -ha dicho Charles Drinks, presidente del Club de Seguidores Puntuales de Alicia-  y si se desentraña el por qué ese sánscrito primitivo fue elegido para plasmar una última aventura, sin duda no tendremos inconveniente en reconocerla, guste o no a esa clase de lectores que consideran que los textos ultimados son sagrados".


21 abr. 2013

El cisne negro, de Aube Mondrian







"El Doctor Auguste de la Rivière Blanchot solía desplazarse diariamente, después de finalizado su trabajo vespertino en el Hôpital des Âmes Perdues, a cierto piso de la Rue des Petites-Ecuries. Allí se encontraba con su amiga Milena, nombre fingido de una mujer procedente de Alsacia que atendía las necesidades de los desamparados en el entorno de Faubourg Saint-Denis. Tales citas las ejecutaba el mencionado doctor con absoluta discreción, para lo cual nunca pedía un taxi que fuera directo desde su consulta hasta el piso de Milena, sino que próximo a Opéra cambiaba a otro vehículo con la plena normalidad que otorga la costumbre de quien se sabe obrar en aras de la propia gratificación personal.

De esta manera se comportó Auguste de la Rivière Blanchot durante un período extenso de su vida, hasta que un día al presentarse en el lugar de encuentro convenido se encontró con Aria, una mujer varios años más joven que su amante, quien le dijo que Milena había vuelto a su tierra y que ella estaba allí para sustituirla. No solo para compensar el abandono imprevisto de la alsaciana, añadió con suma bondad, sino para procurar aumentar, en la medida de lo posible, el bienestar de aquel importante doctor de uno de los más prestigiosos centros asistenciales de París.

El doctor, que aquella tarde estaba especialmente cansado por la atención a los pacientes y las peleas ordinarias con sus superiores del centro, simuló estupor. Se sentó, pidió una copa de Charlemagne y respiró profundamente.

- Eres muy joven, Ara, interpeló a la mujer imprevista. No sé qué haces aquí.¿De dónde vienes?

- Me llamo Aria, Aria, y nací en La Réunion. Le diré, si me lo permite, que no debe preocuparse por ello, señor. Milena me ha puesto al día en lo que concierne a sus gustos y apetencias.

- Claro, Aria, y yo estimo mucho que te esfuerces en ese interés por mí. Pero debes entender que tu presencia es también una novedad en mi rutina. Es la irrupción de lo inesperado. La desconexión con aquello a lo que estaba habituado. Yo a Milena la quería, no es una manera de hablar. Tanto tiempo recibiéndola y ella compensándome que había suscitado en mí una forma de querencia inaudita.

- Yo sabré ser receptiva, señor. Le escucharé, seré discreta, permaneceré pendiente de sus palabras y aprenderé sus sugerencias. No quiero que se sienta usted huérfano de nadie. Pero ahora, dígame que no me expulsará, quiero escuchar de su voz que seré útil para usted y que podremos llegar hasta el punto en que usted amó a Milena.

- Ay, amiga mía. Si el amor fuera un simple acuerdo, una condescendencia e incluso un compromiso que por sí mismo garantizara llegar a buen fin..."


Este comienzo, aparentemente desesperanzado y tibio, de la novela El cisne negro, de Aube Mondrian, no augura un relato erótico al uso. Ni siquiera traza las líneas de una historia de amor con sinceridad y entrega. Más allá de los personajes cínicos que entran en escena, el autor pergeña una especie de tratado de saber vivir. En un determinado momento de la narración, Aria le dice al doctor:

"- ¿Cree que envidio a su esposa, por disponer formalmente de usted y por la seguridad material en la que se hallan instalados, señor mío? En absoluto.Me siento desposada por usted cada atardecer, y saber que al día siguiente volveré a hallarme entre sus brazos me hace fuerte. Tú me correspondes, le dijo saltándose la cortesía habitual, por todos los seres que se han aproximado a mí sin darme jamás ternura".

La novela, que ha visto la luz en la editorial Les dernières pages de la vie, aparecerá en breve en nuestro país.




(La preciosa fotografía es obra de Laure Albin-Guillot)



16 abr. 2013

El ángel cansado




El ángel exterminador se sentó extenuado a la puerta de la casa donde vivía el anciano Joaquín. Allí se encaró de mala gana con el patriarca de la tribu.

- ¿Por qué permaneces en la calle cuando la consigna es que todos los nuestros se recluyan en sus moradas?, preguntó el ángel de espada flamígera.

- El calor es excesivo dentro. Si permanezco allí, con la edad y la fatiga que tengo, pereceré, respondió con sinceridad el anciano.

- Pero los mandatos del de arriba no pueden ser desoídos, confirmó el ángel. Tengo orden de atravesar con mi espada a cuantos no se hayan puesto a salvo. 

- Me dejas en la disyuntiva, respondió el viejo, de tener que elegir mi propia muerte. Si me quedo entre las cuatro paredes, con la calima que hace, me asfixiaré. Y si no entro, harás cumplir la ley del Señor.

- Además, ¿quién me dice a mí que no eres uno de ellos y que tratas de distraerme de mi tarea?, volvió a la carga el vengador.

- Ah, eso es cosa tuya. No pretenderás que encima de amenazarme por partida doble te saque de dudas. Averígualo tú, si te crees tan listo.

- Lo haré ahora mismo. A ver, cántame la genealogía de tus antepasados.

Y el anciano, cuya memoria flaqueaba para lo inmediato, recitó de corrido cada estirpe, cada tribu, cada nación. Cometió algunos errores, pero el enviado de espada de fuego, que no conocía la historia tan bien como el venerable hombre, no cayó en la cuenta.

- Bien, dijo el vengador del acero ardiente, ahora dime para qué estoy aquí.

- Si tú mismo lo sabes de sobra, ¿por qué haces esa pregunta tan estúpida?, le respondió Joaquín, un tanto harto ya de que aquel joven altivo con alas y espada que echaba humo, y que se mostraba cada vez más cansado, la hubiera cogido con él en lugar de perseguir a los enemigos del Todopoderoso.

- Porque tengo que ponerte a prueba, respondió bostezando el ángel.

- ¿Eso te ha mandado el de arriba? ¿Que me pongas a prueba? ¿No te habrás equivocado de tiempo, de destino y de hombre? Mira que hay por ahí un tal Job...

Pero el enviado armado roncaba como solo los ángeles que han cumplido una encomienda seráfica para la que han sido elegidos cuidadosamente suelen roncar.

Entonces aquel Joaquín, de largas y descuidadas barbas, el más provecto de la tribu, se echó bajo un sicómoro y empezó a contar las estrellas. Mientras lo hacía estuvo por agradecer al Señor que hubiera detenido la matanza. Pero no lo hizo por si el Señor, a la vista del fracaso del cometido ordenado al ángel, echaba mano de él para seguir la tarea sucia. Sabido es, se dijo a sí mismo Joaquín, la sed de sangre y venganza que tiene el de arriba. Simuló que dormitaba, pero seguía observando discretamente el curso maravilloso de las constelaciones.

  


13 abr. 2013

Transustanciación




¿En qué momento un lector deja de ser individuo para ser lo que lee? Justo en ese momento en que uno no siente nada, ni un cosquilleo, ni el escozor de un callo, ni el latigazo de un tendón con visos de querer ir a más. Eso me hace pensar la pintura de Olga Sacharoff. Donde la escena prácticamente se divide en dos colores que se buscan con ávida desesperación para diluirse gradualmente en un fundido en gris. En la reducción de las geometrías: el libro se impone a una parte del cuerpo de la mujer en combate con el otro lado que acabará cediendo. O el secreto es ese contrapunto, esa tensión de cedo una parte y me sostengo sobre la otra, porque toda lectura es una pulsión entre lo que pensabas antes y lo que comienzas a pensar nuevamente a partir de la escritura que te llega. ¿Gesto severo? No hay contemplaciones ni disimulos ni apariencias. Si has entrado en el relato tienes que dejarte llevar por sus humores. La sangría de la estética rasga las letras como altera los colores como reconvierte las formas de los cuerpos que se engullen plácida o agitadamente unos a otros. Cuerpo libro, cuerpo lector. Más allá de la sustancia.



11 abr. 2013

I was there




"(...) Yo estuve allí. Ladies and gentlemen, we present the latest newsletter from Intercontinental Radio News, no tuvo inconveniente en anunciar Orson. Orson me había dicho momentos antes que teníamos que poner la voz grave, que debíamos acompasar los ritmos de nuestras entonaciones a medida que el guión lo exigiese. Yo me había tomado dos Four Roses hacía un rato, lo cual ponía mi garganta a punto para momentos más dramáticos. "Has hecho bien", me dijo Orson, "y deberías haber tomados otros dos vasos más. Incluso haber traído la botella entera. Nos va a hacer falta a todos". Eso lo solucionó Charlie bajando al bar de Nick a la carrera mientras se emitían los últimos anuncios. 

Había agitación por la calle ante el Halloween de ese año, tal vez porque la economía del país se iba recuperando y las alegrías del gasto empezaban a correr como moneda de cambio nuevamente. Charlie, me acuerdo perfectamente, subió con dos bolsas enormes de palomitas y otras porquerías. Orson se irritó. "Con esta preciosidad de whisky tenemos bastante para dar energía al programa. Tira lo demás. Nuestras voces deben estar ligeramente cargadas, pero claras, nada engomadas", oí que le gritaba a un Charlie apocado que fue a colocarse los auriculares. "¿Crees que dará resultado?", le pregunté al jefe. No dudó, no  sé si por darnos confianza o porque su mente febril se alimentaba de audacia. "Por supuesto, Bob, ¿tienes alguna duda? Tenemos ya larga experiencia en dramatizaciones y no nos faltan recursos, y el relato no tiene desperdicio. Vosotros, chicos, vividlo. Como si fuera un juego y a medida que avanza la trama, quiero sentir que lo sufrís. Hay que contagiar las ondas. Ok?".  Todos asentimos al unísono y un hálito de alcohol prendió en el estudio. 

Warren, tras el cristal, iba descontado con el gesto de sus dedos los segundos de la marcha atrás para el comienzo. Aún acertó Orson a emitir una última ironía. "Tras esta década de penuria que los americanos han pasado están predispuestos hasta para el juicio final". Enseguida llegó la retransmisión fingida desde el Hotel Meridian Plaza y los sones de La cumparsita que interpretaba la orquesta dirigida por Ramón Raquello. Luego, el primer aviso: Ladies and gentlemen, we present the latest newsletter from Intercontinental Radio News."


De las Memorias inéditas de Bob S. Bayle, del Mercury Theatre.


8 abr. 2013

El escrutador




Elba no podía evitarlo. No era aquello que muchas veces pensaba: nadie deja de quitarme el ojo, que unas veces le halagaba y otras le resultaba agobiante. Aquella mirada no era humana, tampoco celestial. Ni siquiera parecía una mirada. Una mirada tiene calor o frialdad, pero siempre intención, o bien una tensa caída. Se trataba de un ojo descabalgado de una cartilla escolar, de una pizarra de colegio, de un cartel antiguo de oculista. Su encuadramiento en el triángulo parecía disponer de una calidad simbólica escrutadora, inexpresiva, casi condenatoria. Pero ella no temía el símbolo. Ella temía la mirada que no podía captar. Que no disponía de significado. A la que no podía hacer frente. "Mirada muda, ¿qué pretendes de mí?", inquiría orante a aquel óvalo insaciable. 

Pero el ojo no respondía. Un día le pareció que el ojo destellaba. No fue al dejarse caer desnuda y desgarbada sobre la cama, ni por el mero hecho de exponer la hermosa claridad de su cuerpo a la reposada luz de plenilunio que entraba en la habitación. Fue una noche muy avanzada, al volver con urgencia de verse con su amante en un encuentro fracasado y cruel. Él la dijo que no quería verla más. Ella creyó perder su poder para siempre y se desplomó. Él la dijo: me has dado mucho pero ya no me llegas. Ella le escupió. Él le dijo: seamos civilizados, conservemos el grato recuerdo. Ella le golpeó. Y él: vete, no merece la pena que me mates. Y ella: claro, ya estás bastante muerto sin mí.

Llegó a casa, tiró con un impulso bravío de sus pies los zapatos de tacón, se desgarró de rabia la cremallera del vestido y estiró su cabellera nacarada y flexible, resultado de su tratamiento con los mejores productos del mercado para el cabello. No pudo dormir y lloró. Lloró tanto que le pareció que el ojo se compadecía e insinuaba una ráfaga de vida." Si al menos tú...", musitó la mujer.



(Fotografía de Eric Marváz)

5 abr. 2013

El ex comandante, de Hernando Grogher Vitín





"Heinecio Vitt, antiguo comandante director de la Banda de Intendencia del Ejército de la República Áurea de Trabajadores, exiliado político en diversos países del continente, buscado por la policía del nuevo Estado en relación con la desaparición de la partitura original del himno nacional, la célebre composición épica titulada Somos los que fuimos, conocido beodo de los barrios bajos de todas las urbes por donde ha transitado en su desordenada diáspora personal, malogrado chulo  -o debería decir proxeneta que es más moderno y complace a diversas culturas-  de una hermosa mujer que accedió a emigrar con él por la nadería de sentirse enamorada y a la que trata de poner en circulación en el mercado del sexo, sin gran éxito, ya que ella le dice que sí, que de acuerdo, que la deje todas las mañanas en aquella esquina de Roma con Ventura por donde transitan ejecutivos dispuestos a pagar una prestación rápida, pero a los que ella rechaza para ir a sentarse en el bar de Barthes, donde a cambio de un café y un cruasán le permiten estar varias horas, mientras ella, teórica prostituta de miradas indiscretas, comienza a leer un libro, que habitualmente termina, porque Iva Galanovich, que así se llama la amante del comandante director exiliado de la banda citada, es una lectora impenitente, con un pasado de correctora de textos que sacrificó cuando el cambio de régimen en su país natal no por motivaciones políticas sino porque creyó sentirse seducida por el citado Heinicio Vitt, ya nombrado anteriormente como comandante director etcétera, porque creyó estar atrapada en el fervor de un hombre que juró que haría todo lo posible en este mundo por ella, y ella, en su ingenuidad, en su caída en el mundo de ficción que como lectora insaciable no llegó a distinguir, pues cuando alguien se prende de algo y es un lector inagotable corre el riesgo de peligrar en salud mental y por lo tanto no saber distinguir con claridad qué hay de real en el enamoramiento por otra persona o qué de situaciones novelescas, y ella que anteriormente se había enamorado de muchos personajes de diversos territorios del mundo y de variadas condición social que salían en los libros, ella, la fuerte, hábil, resistente Iva Galanovich, sabe hacerse valer y no cede a las proposiciones del amante que trata que trabaje para él en el ejercicio más antiguo que dicen que hay en la humanidad, por lo cual el nombrado ex oficial de la citada ex banda de la mencionada ex república, el reconocido por unos y olvidado por otros Heinecio Vitt se ve impelido por la naturaleza superviviente que lleva dentro de sí a ejercer como músico callejero por las avenidas señoriales de la ciudad, hasta que un día gris, tras una noche negra y con el bolsillo en blanco, en la que no ha aparecido a dormir por la pensión donde convive con Iva, la hermosa ex correctora de textos, es hallado sin vida, sonriente como si hubiera estado canturreando Somos los que fuimos, junto a un establecimiento coiffeur pour dames de General Pozas esquina a Sanchidrián..."


El texto anterior es un adelanto en exclusiva del comienzo de la novela El excomandante, de Hernando Grogher Vitín, que va a ser presentada en próximas fechas en la Llibreria El racó de la selva. Oportunamente comunicaremos fecha y hora exacta del evento.



3 abr. 2013

La pose





Existe un instante en toda lectura que apenas se advierte. Un instante de vacío. Tal vez se medita y se le concede un breve tiempo de dispersión. Acaso se produce un dulce transcurso en que solo se piensa en las  musarañas. Es cuando el lector hace una parada y no suelta el libro. Existen múltiples variantes. Son como poses, pero también caricias. El libro se palpa solamente. El libro no se cierra y se introduce un dedo para que no se escape la página. El libro se coloca sobre el regazo. El libro se coge con ambas manos y se aproxima al mentón. El libro se cierra, marcapáginas de por medio, y se acaricia su portada o su lomo. El libro se deja sobre los muslos con la palma de la mano depositada sobre la doble página abierta. El libro se levanta y se frota contra una de nuestras sienes. El libro se eleva por encima de nuestra cabeza como emblema, enarbolado por una mano que no es ni mano alzada ni puño obtuso, sino otro estado. El libro se deja contorsionar por los diez dedos. 

Salvo en esos momentos de traición suscitados por la somnolencia nocturna, en que el libro puede deslizarse y caer, tendemos a amarrar el libro. Es el libro materia, no solo el libro texto. Un volumen, un tamaño, una textura, una calidez, un aroma. Un símbolo histórico. Un soporte cuestionado. La percepción que el libro aún ofrece y que el ebook no creo que todavía aporte. Tal vez por eso me guste esta fotografía de Marta Vicente. El libro se acuna. El libro se tensa como adarga. El libro va a proyectar los rayos del sol como un espejo. Las manos miman un cuerpo. Una otra clase de cuerpo. Tal vez el cuerpo que más tocamos. 



1 abr. 2013

Amo mucho a mi mamá




¿Cómo decía una de sus citas de aprendizaje? Ah sí, mi mamá me ama, amo mucho a mi mamá. El lenguaje, y más si mediaba una época de tan intenso y forzoso fervor religioso como aquélla, se expresaba tan moral, tan cándido. Si en los educadores de aquel tiempo hubiera dominado la clara y limpia mente biológica nos tendrían que haber enseñado: mi mamá me dio de mamar, amo mucho a mi mamá. O bien su variante: mi mamá me dio de mamar, amo las mamas de mi mamá. Después de todo, ¿de dónde viene la palabra mamá? Pero eran, ya digo, tan pudorosos y vigilantes de la educación de tapadillo...

No sé si está extendido por todos los territorios del país, y en algunos muy distantes entre sí lo he escuchado, pero los niños dicen mama y papa. Sin tilde, sin acentuación verbal. En mi casa fueron muy castellano viejos y el acento gravitaba siempre de manera precisa. Pero, de no haberlo sido, ¿como sonaría decir: mi mama me ama, amo mucho a mi mama? De la misma manera. Curiosamente, el hombre se pasa el resto de sus días  -joven, adulto o provecto-  pensando más en la mama que en la mamá. Miento: mi padre, que murió casi al borde del siglo de edad, me confesaba los últimos años que se acordaba mucho de su madre (mi padre nunca se permitió mencionar a su progenitora con el término fino de mamá; aquello de mire, madre, mire, padre, marcaba la frontera de lo que denominaban el respeto) 

Qué cosas tenía el silabario. Ah, y muchas más. Y aprendimos, aunque fuera en base a la obviedad. Para otro día.