27 mar. 2013

La orant angelical, de Agustí Monells i Ríus



"Era un fervoroso de aquellas portadas artísticas, cuyas imágenes atrayentes cegaban su corazón de niño bondadoso. Antes de que pudiera acceder a su contenido, cuya lectura le esta aún vedada, bien porque su comprensión no le alcanzara bien porque sus mayores no se lo permitieran, hojeaba con parsimonia cada página. Qué poder llegaba a alcanzar sobre él cada dibujo, qué sentido abría sus sentidos, qué goce no percibía siguiendo apenas los contornos de cada lámina sólo lo sabía él en su intimidad semiclandestina.

Tras aquella imagen, mitad angelical mitad corpórea, el niño adivinaba dentro de él unos impulsos que no le habían sido revelados antes. La orante de la estampa ¿era un ser tomado por otros seres? ¿Una simple corporeidad alada? ¿Se trataba de una representación híbrida producto de la mezcla de otras especies? Aquellas preguntas no podía siquiera hacérselas a sí mismo en aquel tiempo. Solo una velada tendencia interior le conducía a una identificación con aquella orante que no sabía qué suplicaba. Se dejaba afectar por el aleteo de los cabellos del ángel, las alas fabulosas de mariposa, los pliegues ora marcados ora plisados del vestido que solo cubría la mitad del cuerpo. No menos vaporosidad advertía en la mirada entregada y expectante, no sabía bien si dirigida al cielo, a un guardián o a un destino."




La orant angelical es la opera prima de Agustí Monells i Ríus. Como un ajuste de cuentas con los cabos sueltos de su infancia, el autor se sumerge en la influencia de las imágenes (los santos, como se decía) que aparecían en los libros. Al preguntar al autor sobre las motivaciones que le han conducido a escribir esta obra, nos responde:

"Era algo que me obsesionaba desde la infancia y que de adulto necesitaba interpretar. No fue la lectura, todavía escasa, y ni siquiera las recomendaciones de algún familiar, lo que empezó a cautivarme al encontrarme de frente con un libro. Incluso en la medida que podía trataba de alcanzar los libros solo reservados a los mayores, pues en ellos se mostraban imágenes diferentes a las aleccionadoras de  los cuentos infantiles."

La silla de K: ¿Quiere decir que las ilustraciones al uso de los cuentos no le complacían lo suficiente?

Agustí:  No es que no me complacieran, es que respondían a un esquema que se repetía sin fin y que no me proporcionaban mayor atractivo.

La silla de K: Pero los adultos dejarían la biblioteca fuera del alcance de usted y de sus hermanos...

Agustí: Sí y no. La biblioteca de mi padre estaba muy ordenada. Aquel orden podía significar las dos cosas: un control limitado para otros o bien un alcance seguro para quien quisiera llegar hasta los libros. La complicidad, según la intención de mi padre, residía en el orden. Orden para simular que no se producía una alteración, orden para permitir un acceso pero que debía respetarse.

La silla de K: De lo que se deduce que su padre actuaba como cómplice suyo.

Agustí: Sin duda. Pero le diré más. En ocasiones, mi padre, que era muy riguroso en la selección y colocación de sus textos, dejaba durante días encima de la mesa algunos, como si demorase su colocación o fuera un descuido. Yo sabía que era la manera secreta que tenía él de hacerme llegar el mensaje sobre el interés especial de aquellos libros. 

La silla de K: ¿Y usted comprobó que era así?

Agustí: Por supuesto. De hecho se trataba de los libros ilustrados con más alegría, más imaginación y sobre todo con una expresividad tan manifiesta que te conducía a mirar una y otra vez cada imagen. Creo que mi padre pretendía que, por una parte, yo comprendiera el valor y significado de la imagen por sí misma, y, por otra, meterme el gusanillo de la lectura para el resto de mis días.

La silla de K: ¿Cree usted, por lo tanto, que en el fondo no hay una separación tajante y menos antagónica entre dos clases de imagen, la ilustrada y la escrita?

Agustí: Eso es evidente. Una conduce a la otra, de modo retroactivo, desigual, sin orden. Nunca se sabe qué influye más. Lo que es obvio es que ambas se compenetran y se alimentan en una especie de cinta sin fin. E incluso que muchas veces se necesitan, lo cual proyecta también los contenidos dando lugar a nuevas incorporaciones textuales o icónicas. Piense que el mundo de la representación por lo que hoy consideramos signos, escritura o pintura, algo tan antiguo y en el pasado tan abstracto, lleva en realidad existiendo pocos milenios.  

La orant angelical ha sido publicada por Edicions del tro impetuós, tomando para su portada la edición de una vieja novela de 1927, de otro autor, bastante olvidado, por cierto, pero cuyas ilustraciones rezuman belleza.    





24 mar. 2013

Ariadna en el peligro





Me has hecho callar, Ariadna, porque has dicho:

han sido unos pasos; tenía que pasar tenía que pasar, repites una y otra vez, y vas bajando la voz hasta que me hablas quedo, y acercas más tu aliento que las palabras: 

¿no los oyes?, observa con cuidado el crujido de los escalones, es su cuerpo que sube con pesadez, la baranda que vibra, se apoya en ella; ahora se ha detenido, no digas nada; si permanecemos en silencio no sabrá dónde estamos; él está cansado, se mueve lento y se ahoga, siempre respiró mal; espera encontrarnos aquí, pero si no nos movemos se marchará; controla qué dirección toma; la madera del suelo le delata, va para la otra parte, pero no te descuides

yo afino el oído, yo me sujeto a tu cuerpo, yo agudizo cada zona sensorial de mi cuerpo, quisiéramos infiltrarnos por la pared, ¿es eso lo que quieres?, ¿que nos estrechemos hasta desaparecer por una grieta?, tendremos que esperar aquí, no nos encontrará si somos cuidadosos, si no bajamos la guardia, y  me clavas las uñas en la carne y entonces susurras:

si nos encuentra no nos creerá, siempre ha sospechado de ti, siempre te ha tenido envidia, pero casi prefiero que nos encuentre, que sepa que lo que sucede es irreversible, puede ser un salvaje, lo sé, ay, qué hacemos, di algo, no, no digas, contengamos la respiración, se aproxima, me llega su olor, ese repugnante perfume que utiliza para desviar su aliento aguardentoso, sujétame fuerte, no, tu brazo debes tenerlo libre por si de pronto, ah, podría ocurrir, a veces va armado, espera, ¿oyes cómo bufa?, viene hacia aquí, no me cabe duda, se ha parado, no sabe bien qué hacer, creo que se acerca a la escalera, calla, calla, ha empezado a bajar, si pisa el peldaño roto sabremos que ya está abajo, sí, acabo de oír el chasquido, ¿lo oyes tú?, sí, la puerta, los goznes rechinan, ya está fuera, y el motor del coche, ya no puedo más, me mareo

yo no puedo tampoco más, tengo los hombros aguijoneados por las uñas de Ariadna, la camisa empapada de sudor, los músculos rígidos, una sensación de haber estado aprisionado, Ariadna deja caer su cabeza sobre mi pecho, se rehace, vibra, respira profundamente, se eleva y me escupe una mirada de deseo, no sé bien dónde está el salvaje ahora mismo, coge mi rostro con las dos manos y con tono enérgico me saca de dudas: 

me gusta encontrarme contigo peligrosamente




(Imagen de Eric Marváz)   


21 mar. 2013

Corín, de Natas Kiriakoulos




Corín es una niña solitaria, alta y desgarbada,  a la que no le gusta nada, pero nada, nada, hacer las patochadas que hacen otros niños. En realidad no es una solitaria por vocación, sino por ir a la contra. Le gusta llevar la contraria a los demás niños, a sus padres, a sus maestros. Y a los perros. No soporta jugar cuando los otros niños juegan, ni atender en la clase cuando los demás atienden, ni comer cuando todos comen en torno a la mesa. Sus padres han consultado el caso y los médicos, muy precavidos, les han dicho que la dejen a su aire. Que algún día se cansará.

Así que la larguirucha Corín vive a contrapelo. Tanto tanto que cuando va a una biblioteca no coge los libros para leerlos sino para hablar con lo que hay dentro de ellos. "Porque dentro habita todo lo que existe", suele decir. Habla con los ríos, con las calles, con los montes, con los animales. "Leer es muy anticuado, y no es que no me guste, pero es que prefiero escuchar cómo suena el agua del río , cómo pronuncian los animales, cómo sopla el viento en los valles". Los niños la han dejado por imposible y como los niños no suelen caracterizarse precisamente por su bondad la tildan de todo: de rara, de ignorante, de rebelde, de loca. Y ella, cuando le sueltan los otros niños alguno de estos adjetivos les responde que sí: que es eso y más, pero que ella oye y habla con los libros. "No sabéis lo que os perdéis", les replica haciéndoles un corte de mangas.

Pero esta manera de ser de Corín va a ocasionarle aventuras que para sí quisiera aquella Alicia la del Espejo. Tantas tantas y tan enrevesadas que el lector del cuento no ve fácil que pueda salir de ellas con buen pie. Corín, de Natas Kiriakoulos, es un relato dirigido a niños y a una corte de maduros, tal como la que integran los insaciables, los hastiados, los indecisos, los disconformes, los renegados y los apocalípticos. Si bien la lista de comulgantes podría ampliarse indefinidamente. El cuento lo edita con esmero Ediciones del cangrejo insólito.    



(Ilustración de Franco Matticchio)





19 mar. 2013

Black&White





Pasen y jueguen. El tablero de las damas es así. 
También el del ajedrez. ¿Qué les diferencia? 
Saltos en una dirección o en otra. Avances y retrocesos. 
Comidas y expulsiones. 
Esquemas más reducidos o proyecciones más amplias.
 ¿Es el juego de las damas menos simple de lo que parece? 
¿Es más enrevesado el ajedrez de lo que captamos?
 Juegos de posibilidades.
Entretenimientos o indagaciones. 
Fichas blancas y negras, casillas negras y blancas. 
¿Por qué siempre el blanco y el negro? 
Dicen que representan todos los colores y ninguno. 
Que los colores quedan asfixiados o se extravían. 
Que lo que impregna se encuentra en el interior de las jugadas. 
Que los colores se sacrifican a la inteligencia. 
Damas o ajedrez en blanco y negro.
¿Existe un juego de la vida en blanco y negro? 
Adoro a la muchacha de amplia sonrisa eginética.
¿Quién ganará la partida? ¿Las blancas o las negras?
Voz en off: acabará en tablas.



 (Imagen de Clifford Harper)


16 mar. 2013

El santo oculto, de Pietro della Manieri





Una de las vidas de santos que ocultó el hagiógrafo Jacopo della Voragine fue la del inclasificable Ubaldo de Lizza. De extracción humilde Ubaldo sufrió en la recién iniciada juventud la leva de uno de los señores del principado de Lizza. Combatiente forzoso, no tardó en desertar y alejarse de los territorios de origen. En lugar de dirigirse a alguno de los estados vecinos se embarcó hacia Oriente, instalándose en el imperio selyúcida. Aprendió la lengua del lugar, ejerció de artesano y gracias a su habilidad para las lenguas no tardó en convertirse en un calígrafo reconocido.  

Esta historia oculta ha sido revelada recientemente por el notable archivero Pietro della Manieri quien, a su vez, dice que la pista le fue proporcionada por un mercader de Estambul llamado Mu'izz ad-Din, perteneciente a una familia instalada en el Gran Bazar desde hace siglos. Della Manieri pidió la excedencia en el archivo de su pequeña ciudad de provincias y se instaló durante varios años en la región más occidental de Anatolia. Poco a poco fue hilvanando algunos débiles cabos que le hablaban de un cristiano integrado en la corte del sultanato de Rüm nombrado por unos como Baldo, conocido por otros como Nasir Mahmud, pues si se trata del mismo personaje tendría su lógica ya que adaptaría una nueva personalidad a las circunstancias. A través de su oficio, tan alejado de las armas, llegó a ejercer una gran influencia. La caligrafía le condujo a la poesía y, si bien se conservan pocos textos de los que se pueda garantizar su autoría, la transmisión oral los denomina como el Diwan Mahmud.

Della Manieri afirma que el exiliado Ubaldo de Lizza nunca renunció a su fe cristiana. Pero a través de los textos del poeta neo selyúcida concluye que también adoptó las creencias expresadas en el Al-quran. Por si esta simbiosis atípica en todas las culturas de la época no fuera suficiente, algunos testimonios coetáneos del semiconverso Ubaldo de Lizza indican que también bebió de las interpretaciones más puras del sufismo y que no fue ajeno a ciertas corrientes del lejano Oriente. De ahí que nuestro personaje exaltara en su obra el acompañamiento del vino y la entrega mística. Donde Ubaldo-Nasir fue un rompedor fue en introducir ciertas variantes de una clase de amor que en la India algunos llamaban Tantra. ¿Fue este valor extremo en ir sumando a su acervo de conocimientos y de creencias lo que estableció un sincretismo difícil de asimilar por los más ortodoxos exegetas de la ley del Profeta? ¿Acaso esta decisión de traspasar los límites del pensamiento de su época, rechazando detenerse en las fes al uso, fue lo que le hizo granjearse enemistades y odios hasta terminar en una conjura sangrienta contra su persona?

Hay quien opina que todo fueron excusas para acabar con la vida de un personaje sencillo, aunque nada común, que estaba introduciendo en la corte y, también por reflejo de aquella, en ciertos sectores de la sociedad un nuevo concepto de la práctica amorosa. Ghiyat, denominado el asceta culto, que, aunque perteneciente a una generación posterior a la de Nasir Mahmud, manejó informaciones fidedignas deja entrever en su Diwan del asceta que ve, oye y calla lo siguiente:  

"(...) Sus enemigos no temían los conocimientos del gran hombre. Tampoco su procedencia ni que fuera capaz de mantener tantas creencias a la vez. Pues todos comprendían que sabía asimilarlas y eso le dotaba de una riqueza que repercutía en su actividad creativa. Fue cuando empezó a comentarse, con fundamento o sin él, que algunas concubinas se negaban a condescender en el lecho a la manera tradicional con sus señores, y que diversas familias de la ciudad observaron que sus esposas o hijas no aceptaban el servilismo sexual que las privaba del goce y las sometía por las buenas o por las malas, cuando se difundió el rumor, acaso malintencionado, de que aquellas nuevas costumbres, consideradas rebeldes, venían siendo propiciadas por las ideas y expresiones poéticas del calígrafo y literato por excelencia del sultanato."

No voy a revelar más al respecto, pues los detalles de la investigación que el archivero Della Manieri llevó a cabo aparecen en su libro El santo oculto con toda extensión y lujo. Cautivador texto, grata transportación al pasado y a un episodio poco conocido. Por qué Jacopo della Voragine olvidó o ignoró a propósito el sacrificio del viejo creyente de todas las creencias, sin renegar de la original en la que fue bautizado, es objeto de hipótesis acertadas por parte del autor del libro. La Editorial Encuentros con el Origen ha realizado una atractiva edición, iluminada con imágenes rescatadas de libros medievales.




(Imagen: cuadro de Balbi López Santos)

14 mar. 2013

¿Dónde fue a parar la bola de cristal?




Portada mucho más divertida que la del Calendario Zaragozano. Éste sigue en vigor con sus infalibles pronósticos: fríos en invierno y calores en verano. Pero, ¿qué fue del Almanaque de Ross? ¿Barrió el crac del 29 el negocio? Desaparecida aquella parafarmacia de su tiempo (píldoras para adelgazar, pastillas tónicas, píldoras de la vida, etc.) nunca más supimos de un calendario ameno que solo por el oráculo merecía la pena tener. ¿O el oráculo mismo se estrelló contra las olas de la Bolsa de Valores neoyorquina?




Y, sin embargo, qué derroche de fe, qué correspondencia a las indicaciones del Dr. Ross, qué lógica irracional (los términos antitéticos se buscan) que llevó a cientos de ahorradores modestos y no tan modestos a invertir según los del Almanaque. Testimonio del industrial Arthur W. Carlson, fiel seguidor de la cábala rossiana:

"(...) Me sentía feliz con las ganancias proporcionadas por mis negocios de los últimos años. No voy a aclarar cómo logré acumular tanto dinero. Recibía ofertas inversoras desde todos los lados. Un amigo de Wisconsin me sugirió dedicarme a la explotación forestal. Otro de Ohio me dijo que si yo quería me pondría en contacto con gente que estaba haciendo, según él, lucrativos negocios en el vecino Canadá. Un primo lejano que vivía en Maryland se empeñó en que la industria naviera estaba en auge y que iba a ir a más, que era un buen momento para formar parte de un holding. Nunca he sido un emprendedor de riesgo y estaba ya cansado de la misma actividad fabril que había mantenido hasta entonces. Pensaba que era tiempo de descansar y dejar que el capital prosperase en lo más cómodo. Consulté las investigaciones y cálculos del Dr. Ross con arreglo a mis parámetros. Está claro lo suyo, me dijo uno de los intermediarios del Dr. Ross, invierta en la Bolsa de la calle Wall. Creo que fue la mejor solución. Mis empleados, de acuerdo con los brokers, hacen fluir mi dinero mientras disfruto de un retiro anticipado a todo lujo en Centroamérica. Nunca estaré suficientemente agradecido a los sesudos análisis del Dr. Ross"  

La carta, aparecida en The New York Times, lleva fecha de 23 de octubre de 1929. 







12 mar. 2013

La rendija del tiempo







(...) Yo estuve allí. 
No era mi destino pero el azar me condujo a aquel lugar
 y no quise volver.
Presencié la construcción del egregio edificio.
La disposición del terreno, la cimentación, los alzados.
Me uní a los arquitectos y delineantes,  
que me mostraron los planos y me hablaron de sus problemas. 
Recorrí con el maestro de obra los trabajos de los albañiles.
Me mezclé con cuadrillas de canteros.
Los talladores me hicieron ver cómo la piedra deja de ser
y cómo nacen las formas de las imágenes.
Salté de uno en otro de los grupos
de poceros, soladores, alicatadores, herreros, 
plomeros, ensambladores, pizarreros, tejeros.
Los ebanistas hicieron magia delante de mí con la madera
y los vidrieros iluminaron la oscuridad inicial del templo.
No era infrecuente presenciar el precio de la dureza de las obras
que se cobraba inutilidad y vidas.
Traté con gentes de diversas naciones, algunas lejanas.
Escuché múltiples lenguas, aprendí algunas y enseñé otras.
Comí lo que comían los obreros,
me solacé con las mujeres de aquella ciudad,
presencié los castigos de cuantos no comulgaban con la ley
por no querer ceder su conciencia.
Soporté las visitas de los fundadores
envueltos en sus ropajes altivos.(...)



Omar Karás, Relación de mi viaje a la terra incognita del oeste. Único ejemplar del año 1501, conservado en el Archivo General de Ispahan.



  

9 mar. 2013

Pérdida, de Jokin Baráibar




(...) "Pero fue en ese instante entre la lucidez y la confusión cuando se instaló en ella el desasosiego. No tenía rostro, apenas balbuceaba, era tan solo un ligero quemazón, tal vez un cosquilleo. Sensaciones cuyas fronteras no se definen. Burla del placer en territorio del dolor. Todo ruido desapareció. Las palabras enmudecieron. El rumor del bosque fue recuerdo. Fuga del mundo animal. Desolada visión en que los objetos pierden su forma. Liquidación de gemidos. Retroceso de los recuerdos. Todo lo que iba a suceder  seguidamente era mera invención. Vértigo de posibilidades. El suelo abriéndose bajo sus pies. Mil ojos confluyendo y desnudando su mente. Posesión de la ansiedad. Desgarro de la última brizna de la inocencia. Y justo en aquel extremo momento de duda en que su perfil perdía intensidad cayó la luz. Sintió que el fogonazo, tibio y huidizo, tiraba de ella en direcciones contrapuestas. Y en aquel estremecimiento trató de emitir un grito. Solo surgió una bocanada fétida. Un coágulo de pánico. Un desplazamiento de las vísceras hacia el vacío." (...)  


Párrafo del libro Pérdida, de Jokin Baráibar. No he podido encontrar mejor ilustración para el texto que el cuadro La lectrice soumise, de René Magritte. Por sí solo la pintura del surrealista ya lo dice todo, de manera abierta y sobrecogedora.



5 mar. 2013

Ideal, ideal




No sé qué pensarían las señoras de la época. Las señoras que no eran todas las señoras. Las señoras bien (hablamos de la época del anuncio, finales de la década de los 40) que serían una minoría. Dudo que siendo señoras bien supieran quién era Visnú. "Ay, sí, querida...Visnú es ideal para el cutis", me llega el eco de una conversación de salón. Visnú era una crema y punto. Sigo la pista del fabricante. ¿Elegiría el nombre al azar? Posibilidad primera. Que en otros países ya existiera la marca y aquí fuera una importación. Posibilidad segunda. Que como suena exótico encajara en la venta de esta clase de productos para señoras bien. Posibilidad tercera, y se me antoja improbable. Que como Visnú era el dios protector (de la santísima trinidad hinduista era el bondadoso, pues otro, Brahma va de creador y el otro, Siva, se manifiesta como destructor) y la pócima llegaba para proteger epidermis, velar arrugas y convertir en artistas a todas las señoras que se la aplicaran, había algo de rescate religioso (perdóneme, padre, por mi paganismo) y trascendental. Visnú, Visnú, Visnú. Suena tan hechicero que ¿cómo no rechazar las imitaciones? 



2 mar. 2013

No te levantes, de Diomeronte Amargo




A menudo me pregunto por las inverosímiles posturas del cuerpo ante la lectura. Ya no sobre los espacios, pues doy por entendido que todos los espacios donde se dé el requisito indispensable de algún tipo de luz son propicios. Paisajes exteriores y estancias íntimas pueden ser lugares idóneos a la hora de leer. También los paseos de álamos y los asientos del transporte público. Alguno de mis amigos confiesa que sus escapadas al retrete son muy fructíferas, no solo en el sentido del desalojo intestinal. Y sé de alguno, de profesión oficinista, que en los tiempos entre trabajo y trabajo tiene un libro abierto en el cajón de su mesa. Conozco gente que lee entre la muchedumbre y el ruido, donde se concentran mejor que en la soledad apartada. ¿No es el mero hecho de leer un elemento aislante?

Dolores Inca es una mujer tan inquieta en la lectura como en el amor. Esa manera de ser la lleva a un enfrentamiento íntimo permanente entre dos pulsiones. Cuando lee suele sentir los ardores del deseo de una manera inopinada, sin que el texto en sí haya sido el agente activo de sus efluvios. Por el contrario, cuando se encuentra con un hombre se desorienta y las caricias que recibe la conducen a un deseo impetuoso por narrar a su amante ocasional alguna de sus lecturas, ignorando el ejercicio sexual al uso. Ella desconoce las causas de ese contraste desubicado de sus necesidades. Ha desoído a su vez a cuantos le han aconsejado la consulta a un curandero de la mente. ¿Existe ese espécimen? ¿Puede acaso la mente curarse de sus propios flujos de temperamento y pasión?, llega a decir a una amiga confidente que le ha sugerido un tratamiento. Sin embargo Dolores no tiene ningún complejo especial ni se siente frustrada en la percepción de sus placeres solo por esa manera suya de manifestarse. Más bien cree que cuando está con un hombre aporta un incentivo y un descubrimiento a éste, si bien no siempre le es reconocido.  

En síntesis ésta es la clave de la novela corta de Diomeronte Amargo, No te levantes. Corta como en la mejor tradición de la nouvelle o de la novella, pero precisa. No voy a desvelar más, porque sería violar el espacio de la trama, pero sí sugerir que ese punto de partida de la condición personal de la protagonista lleva a un desarrollo que avanza de sorpresa en sorpresa. Cuando uno termina de leer el relato tiene la sensación de que también ha cambiado algo en su percepción tradicional de la lectura y, cómo no, de los cánones acerca del encuentro amoroso. Editada por El pozo sin fin, con una portada fascinante del ilustrador Bebo Sanchís.




(Imagen de Eric Marváz)