24 dic. 2012





Tus ojos me escudriñan
tu boca me secuestra
tus manos me registran
tus pechos como dardos
ay y yo
 en medio de la diana

tu cuerpo todo dejó de perseguirme
cuando aulló dentro de mi cuerpo
devastándolo




(Imagen: Marváz)



20 dic. 2012






Si crecéis entre pesadillas
¿como distinguir otros pasos
que os lleven más allá del sueño?




(Imagen: Clifford Harper)


18 dic. 2012

La palmera seca, de Hafiz Rassam



Toda mirada de mujer es larga. ¿Quién dijo que no lo era? Solo aquel o aquellos que pretenden ignorarla. No es larga solamente en la intención de lo que trata de abarcar sino sobre todo con respecto al tesón e insistencia en no variarla mientras no cambian las circunstancias que son objeto de su interés. Es lo que parece transmitirnos la protagonista de La palmera seca, una obra olvidada del poeta sirio Hafiz Rassam. 

No miro más allá de mi chaddar
ni huyo dentro de él
sino que espero mi erosión
para acabar en arena
que nutra y recorra el desierto.

Que el poemario comience con esta especie de rubaiyat da idea del tono de pesimismo, mas no de renuncia, que se advierte en la primera parte de la obra. Constancia de una condición, sometimiento patriarcal, crecimiento en la aceptación pero también en la expectativa, alientan un conjunto de hermosas composiciones que crecen sobre sí mismas. Hay una segunda parte en que el tono adquiere otra dirección. La joven que va creciendo, que supera la infancia como mezcla de fantasía y acatamiento callado, mira el exterior a través de informaciones e historias que van llegando a su pequeña aldea. Donde se habla de otras costumbres, otras relaciones, otras aspiraciones de las mujeres que habitan más allá del territorio al que ella parece estar condenada a vivir toda su vida.

No quiero ser una palmera seca.
Si las aguas generosas fecundan el oasis
¿por qué no puedo ser yo un juncal fértil
o el humedal mismo en el que me sacie?

La mujer que ya se reafirma mira detrás, intuye lo que se abre delante de ella y sueña por las noches desde la soledad en la que contempla el cielo. Sabe que hay propuestas. Que si otros viajan, ella puede hacerlo también. Que si sale de la aldea, se libera también del casamiento pactado y ajeno a su voluntad. Que si prueba otro mundo se despide para siempre de sus raíces. Pero, ¿qué interés pueden tener unas raíces que la condenen a no reconocerse a sí misma?

Si las estrellas señalan caminos de otras estrellas,
si el viento se desplaza sin detenerse,
si los hombres conquistan paisajes negados a nosotras,
¿no puedo yo seguir al astro, al viento
o a cualquier hombre que no me ate?

Se agradece la edición a cargo de Omar Baruk, traductor también de la obra. Ediciones de los viejos sueños.





(Imagen de Marváz)



17 dic. 2012





Mano sobre mano
se ha levantado la torre de Babel.
¿De qué creíais que estaban teñidas 
sus murallas
sino de la sangre de los muertos?





(Imagen: François Schuiten)



16 dic. 2012

Sí se puede




¿No se puede? Desconozco si la novela Man kann nicht (No se puede), del escritor suizo Jakob Bührer ha llegado a ser traducida y publicada en nuestro país. Por más que indago no encuentro respuesta. A tenor de la imagen que proporciona la nocturna lectora se diría que enajena. Hay algo de personaje ario de ópera wagneriana en esta joven valquiria que el fotógrafo Hans Finsler utilizó de modelo. Desde su condición de reposo de la guerrera no parece sino entregarse de pleno  -y obviamente de plano-  al relato. La apacibilidad exterior que muestra puede que sea un escudo protector de esa envidiable concentración en la lectura. 

Pero surge mi duda: esta valquiria lecturienta ¿anuncia el libro, un paradigma de lectora, una característica racial o un producto? La fotografía data de 1933 y apareció en The Swiss Advertiser (El anunciante suizo) Y realmente lo que anuncia es una lámpara cuya modernidad estética y técnica parecen fuera de toda duda. Hans Finsler se especializó en fotografía industrial, pero hasta la caída de la República de Weimar había pertenecido al movimiento artístico Nueva objetividad (Neue Sachlichkeit) Bajen, pues, y vean.




15 dic. 2012

La indolente, de Ogata Shigei



Es una historia de indolencia. Matsui, una geisha de mediana edad, rinde escasamente en el establecimiento donde trabaja. No obstante se le permiten ciertas libertades debido a la bondad y entendimiento que manifiesta con aquellos clientes especiales, principalmente de naturaleza intelectual. Aunque la mayoría de ellos solo persiguen los placeres que les proporciona Matsui, hay uno que busca algo diferente. Es un hombre mayor, pero sumamente cuidado, que ordinariamente se sienta frente a ella, extrae un libro de debajo de su chaleco y se pone a leer para Matsui. A veces da tiempo a leer el relato completo, pero si es largo se lo deja a Matsui para que lo termine por su cuenta. Es así como la geisha descubre que hay muchos mundos más allá de las casas donde ejerce su oficio. Se entrega voraz a la lectura estimulada por su cliente, abandonando paulatinamente el interés por la profesión, lo cual empezará a causarle problemas.

El mundo de las geishas está desarrollado ampliamente en multitud de novelas, cuentos y películas. A Ogata Shigei no le interesa tanto en La indolente hablar de ese mundo como de la extraña relación entre una geisha y un cliente, donde el puente no es el contacto sexual ni el entretenimiento ordinario que buscan otros hombres, sino el disfrute de la participación en la lectura entre dos desconocidos. Porque la actitud que mantienen no es únicamente la recíproca de leer y escuchar, sino de rasgar la historia. El cliente, que en principio va a revelar un único argumento novelesco, se encuentra con que Matsui le desvía de lo que relata cada autor y expande con sus objeciones y sugerencias las novelas hasta recrear nuevos relatos, concéntricos y alternativos.

Sumamente trabajada la traducción de Amón Zuasti, esta joya de la literatura moderna japonesa aparece publicada en la editorial Compañía Anónima de Lectores.

    


(Imagen: Kuniyoshi Utagawa)


14 dic. 2012



el libro a un lado y las manos piensan
        es la actitud que hace de puente
                                         el tacto que se aposenta y se recoge

¿sumisión?

naturalmente: los textos imponen su don inconfundible
no se dan por dar
no se vuelven livianos para que la lectora se esfuerce menos
no son volátiles

        o acaso sí: vuelos extensos
y profundos al territorio inexplorado
y al que se queda antiguo
       donde ella no es ya la misma

dichosa propiedad invisible que no les hace desaparecer
sino encarnarse

        y la mujer sigue tejiendo sus historias
de larga distancia




 
(Imagen: Joseph Stiglitz)





13 dic. 2012





El silencio va conmigo
pero se fractura
cuando imagino sus ojos
         
            luces que se encienden y se apagan
cada día

huecos
            que han perdido la mirada

porque nadie mantiene su llama
tierna y ligera.




(Imagen: Kathe Köllwitz)


12 dic. 2012













Déjate amar por unas manos
que escarben la tierra.
Así empecé yo.




(Imagen: Käthe Kollwitz)

10 dic. 2012

La novela blanca, de Hans W.Hohenzörn




















El título es equívoco. La novela blanca no es un canto a las prescripciones arias de la época nazi ni hace referencia a la vida en un hospital de alta montaña. El autor lo eligió como recordatorio de una situación de crisis que le había sumido en una profunda confusión que requirió cuidados. Se ha dicho que incluso hubo un intento de suicidio, pero él mismo lo negó más adelante afirmando que si bien el tratamiento impidió que se agudizara la crisis, fue la idea de escribir una nueva novela con un nuevo estilo y objetivos, partiendo de la nada, del cerebro en blanco, como gustaba decir, lo que le salvó definitivamente.

También se ha dicho, y no sin fundamento, que Hohenzörn simpatizaba a su manera con el Reich, lo cual le habría permitido editar la novela sin censuras previas. Sobre simpatías o simple guardar la ropa que muchos ciudadanos alemanes practicaron durante los años de hierro se han emitido demasiadas opiniones, sin que siempre haya quedado clarificada la situación por la que obró cada cual en una situación de extremo riesgo incluso para los de casa (en palabras del mismo autor) El caso es que Hans W. Hohenzörn pudo publicar y difundir cómodamente su obra, mal entendida por la crítica vigilada de su tiempo, si bien aplaudida por los corifeos del régimen. 

La novela blanca pretende ser una respuesta tanto a cuantos pontifican sobre la necesidad de la salvación como a los que ponen en entredicho que haya algún tipo de posibilidad de salvarse. En esa línea propuesta, el autor es sumamente castigador de la mejor tradición clerical luterana que, si bien aliada del gobierno, no es lo suficientemente respetada por éste. Pero también lo es de todos aquellos intentos modernos y metailustrados, que creen ver en el arte que desintegra la realidad el modo de no afrontar los desafíos que prescribe la Historia. Mito éste, por cierto, muy en boga en aquellos años. El protagonista de la novela, un hombre de mediana edad que se ha ido construyendo a sí mismo, rompiendo primeramente con su pasado excesivamente oneroso en materia religiosa, siente que los años de plenitud vital le exigen también una manifestación abierta, rompedora y, hasta cierto punto, transgresora en todo tipo de pensamiento y conductas. Lo cual le lleva a vivir en una espiral de situaciones en las que no encuentra satisfacción, pero sabiendo que no es posible una marcha atrás, porque las arrugas y el cansancio pueden disimularse, pero la amargura de lo inalcanzable te corroe las entrañas, como confiesa el protagonista en el momento álgido del libro. 

Lo cierto es que Hohenzörn se hallaba más próximo a las realizaciones y filosofía del expresionismo que a cualquier proyecto religioso de signo protestante o católico. Si no optó en su momento por una definición literaria progresista no fue solo por pánico, sino también por no encontrar su espacio y su modo de expresarse. Que no se dejó llevar al huerto por la simbología del NSDAP, lo prueba el hecho de que miró cínicamente en otra dirección, y en este sentido se aferró a una especie de redescubrimiento del neoclasicismo que, al menos, le justificaba ante las autoridades y le liberaba de soportar los horrores estéticos y mediocres que imponían los cuadros y las masas seguidoras del nazismo (sic en sus póstumas Memorias innombrables)

Los fervores de los que gozó la novela en la Alemania hitleriana fueron el obstáculo que la hicieron desconocida para las nuevas generaciones durante décadas. Su rescate llega hasta nosotros de manos de Ediciones Babélicas.




(Imagen: Hans Finsler)


7 dic. 2012




Si de mí dependiera
abriría en dos mitades
los días
para que dejara de habitar en ellos
la noche
            de los hombres.





(Imagen: Käthe Kollwitz)


5 dic. 2012







Ahora que lo pienso mejor, sujetar las fantasías, ¿para qué? Las ideas, sí. Las ideas son las que perturban la paz dentro de nosotros. Y la convivencia con los otros. Las ideas son una marea que se mueve entre la aproximación al entendimiento y la amenaza del enfrentamiento. Coincidir en la participación de las ideas es ceder. No me parece mal. Pero lo que para  uno es ceder para el otro es renunciar. Si yo opto por la imaginación, ¿ocupo otro territorio opuesto al de las ideas?





(Imagen de Franz Kafka)



1 dic. 2012

la silla y la mesa (y no siempre)


Y no siempre ni la una ni la otra. La mayor parte de las veces el movimiento interior también se manifiesta andando. ¿Se piensa de la misma manera según se tenga colocada la anatomía personal de esta o de aquella forma ? Las ideas circulan y no está claro a qué velocidad lo hacen. Entre la Academia de Atenas y el Pensador de Rodin hay toda una larga e intensa marcha. Pero las ideas -como las fantasías-  hay que atraparlas, sujetarlas para que no nos arrastren simplemente en su inercia. 






(Imagen de Franz Kafka)